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AÑO DE LOS DERECHOS DE LA PERSONA CON DISCAPACIDAD Y DEL CENTENARIO DEL NACIMIENTO DE JORGE BASADRE GROHMANN
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El suplemento no comparte necesariamente la opinión de sus colaboradores
  Reseñas

Por:
José
Cornelio Bello (*)

Alucinaciones y memoria cultural
Dimas Arrieta Espinoza. En el reino de los Guayacundos. Lima, Fondo Cultura Peruana, 2003.

Dimas Arrieta nos hace llegar una segunda parte de su ambicioso proyecto narrativo. En el reino de los Guayacundos nos ofrece un panorama sugestivo, en el que la tradición mágico-mítica de la sierra de la Costa norte peruana se constituye como eje temático del texto. Su propuesta nos conduce desde la asimilación de experiencias particulares de la tradición mágico-histórica (suerte de peregrinaje espiritual que opera a través de un ejercicio de memoria, y que tiene por hitos a sus individualidades más representativas) hasta la visión alucinatoria de los trece míticos Guayacundos y el Gran Sinonés en el momento de la llegada de los españoles.
Las lecturas que ofrece este libro son bastante amplias. Una de ellas podría ser el simple deseo del autor por rescatar la oralidad de su entorno natal con la práctica de los “saberes” literarios occidentales como parte de un programa pedagógico, moral o personal. Otra podría sugerirnos una apuesta por lo propio o por la configuración de un canon que defina una tradición literaria absolutamente nuestra (y por ello las elecciones del autor). Otra lectura podría apuntar, dentro del programa narrativo mismo, a la búsqueda de un saber, de un determinado conocimiento para poder ingresar a un estado más avanzado. La posibilidad de lecturas no se agota con las mencionadas y ello garantiza la valía de este texto.
En el desarrollo narrativo resulta interesante la contraposición entre un saber tradicional y propio, que asegura un progreso efectivo, y una actitud moderna, deslegitimadora, destructiva (introducida por un tipo de conocimiento ajeno, en esencia, al nuestro). Estos polos contrapuestos aparecen a modo de nudos rítmicos en una secuencia más o menos distanciada, pero a los cuales se les otorga un gran énfasis en el discurso. (A propósito, un ejemplo: al referirse a las prácticas agrícolas de sus paisanos, uno de los personajes nos dice: “Ya se olvidaron de sembrar en las lunas maduras. Siembran cuando la luna está verde. Ya no practican los decires que cuentan las tradiciones. Sí, pues, ahora ya son modernos, se dejan llevar por los ingenieros. Ya ni caso hacen a los sabios consejos.”)
Para el autor esta cuestión implica no sólo un juego de permanente oposición y establecimiento de diferencias, pues ello sería finalmente inútil, sino que existe la necesidad de establecer un modelo de aprendizaje, cuyo propósito es buscar una identidad propia arraigada en la tradición autóctona y milenaria (es decir, no moderna o, si se prefiere, no europeizante), que nos legitime y reivindique histórica y culturalmente. Y para ello debemos arriesgarnos a ubicar el punto de origen de la pérdida del saber tradicional y, por lo tanto, de nuestra identidad real. La búsqueda de una nueva identidad deriva necesariamente en la búsqueda del momento de su ruptura.
La oposición tradicional/moderno, tal como se muestra en el texto, tiene un origen histórico y debe llegarse a éste a través del mito. De allí parte el sujeto que narra: su travesía se inicia con un afán de aprendizaje entre los maestros herederos de la tradición mágica de los Guayacundos (el maestro Marino Aponte Adrianzén, el maestro Pancho Guarnizo, entre otros) y desemboca en el contacto con los trece Guayacundos y el Gran Sinonés. Este último punto del recorrido reclama gran atención: el narrador no sólo ha establecido su modelo de aprendizaje, sino que participa en él; no sólo ha cerrado el círculo de aprendizaje al ponerse en contacto con sus divinidades gracias al conocimiento del uso de los alucinógenos, sino que se sitúa fuera del tiempo y el espacio para reconocer su legado mítico y contraponerlo a su legado histórico, es decir, ubica el punto originario de su actual identidad.
Hasta aquí se ha llegado a reconocer el punto exacto en el que se pierde el verdadero saber, la verdadera identidad. La causa: la llegada de los españoles, es decir, el momento histórico del trayecto. El español, “el otro”, se convierte en el bárbaro, en el destructor. Resulta interesante el hecho de la configuración de una alteridad que no se fundamenta en una observación cultural, sino en una histórica. Se emite una serie de juicios en relación con los españoles en función de una directriz histórica.
Los trece Guayacundos y el Gran Sinonés determinan, por su parte, ocultar a los intrusos el conocimiento auténtico y ocultarse ellos mismos de la barbarie de aquéllos. Estas divinidades apuestan por un retorno próximo para restaurar la ruptura del orden ocasionado por los españoles y crean, así, un espacio para las posibilidades mesiánicas. (“Vamos a volver reconquistando estos sitios sagrados.”)
De este modo, Arrieta nos pone en contacto con un universo en el que lo mítico y lo real (lo histórico, si se prefiere) se confunden para crear un estado propicio de configuración de una identidad. Por lo menos se ha instaurado un punto de partida. Y esperamos con entusiasmo el siguiente volumen de su proyecto para entender mucho mejor sus propósitos.
 

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