ENTRE LA PRODUCCIÓN Y LA INTERPRETACIÓN
La novela histórica latinoamericana
La “novelización” de la historia
ha seducido siempre a los autores de esta parte del globo.
La literatura se convierte así en un vehículo para fantasear o cambiar las tragedias históricas, como en la obra de Alejo Carpentier y Abel Posse.
Vincular contextos sociales con el surgimiento de determinada corriente narrativa es una tarea usual en los análisis literarios, pues esta estrategia permite una comprensión mayor de la magnitud de las renovaciones realizadas en el ámbito textual. Pero establecer con competencia este vínculo no sólo exige el conocimiento de las condiciones sociales de una comunidad determinada, sino también, y, sobre todo, en tanto la relación no es mecánica, la comprensión de los sentimientos que estas condiciones posibilitan (1).
Lo que señalo no es nuevo, pero quizá se haya olvidado. Ya en la obra de Lukács sobre la novela histórica (1962) se puede apreciar las distinciones que opera para no confundir su análisis con la totalidad. El pensador húngaro analiza la novela histórica burguesa en la Europa de finales del siglo XIX. Estas precisiones no son gratuitas, pues advierten claramente que no se puede extrapolar la totalidad de sus análisis a todo el continente, en tanto que no todos los países que lo conforman pertenecen a la clase burguesa en ese momento, ni al resto del planeta, por cuanto el capitalismo aún no era una experiencia mundial (2).
El problema de establecer con claridad el contexto de producción de un texto tiene su equivalente opuesto en la figura contraria. No es suficiente con observar determinadas características narrativas en un texto para adscribirlo a una determinada corriente. Sin embargo, la posibilidad de cometer este error crece cuando como ahora habitamos un mundo signado por una serie de situaciones sociales que se consideran homogéneas. Quizás el error parte de una extendida creencia práctica que vincula de manera automática el empleo de determinadas estrategias narrativas con una visión del mundo, con cierta ideología.
De lo que se trata, sin embargo, es de fijar con la mayor claridad posible los contextos y los sentimientos que posibilitan, con el fin de realizar una interpretación al menos coherente.
Las narrativas de Abel Posse y Alejo Carpentier parecen coincidir en más de una estrategia implementada en sus novelas históricas. No obstante, considerar a ambas como pertenecientes a una nueva forma de narrativa histórica surgida en la década de 1970 (Menton, 1993) es un error, en tanto que no descifra con claridad los contextos de producción de ambas producciones.
En lo que continúa me detendré brevemente en algunas situaciones que importan tener en cuenta para comprender en qué medida estas narrativas se distancian, a pesar de implementar idénticas estrategias narrativas.
Para nadie es un secreto que vivimos hace unas décadas un profundo cambio en nuestras relaciones sociales, transformaciones que han alcanzado también a una serie de categorías solidificadas en el tiempo, consideradas fijas y estables. Entre ellas importa ahora hablar sobre la de historia.
Existe la verdad y ésta puede ser alcanzada gracias al ejercicio de la razón; si bien en la historia la verdad se encuentra fuera de nuestro alcance, es gracias a los documentos y monumentos del pasado que se pueden reconstruir los hechos tal cual ocurrieron. Esta actividad racional llevada a cabo por la historia se cuestiona en una serie de acercamientos teóricos, los que se concentran en los siguientes problemas: a) la historia privilegia a unos sujetos en menoscabo de otros; por tanto, no existe una historia, sino varias, cuya “invisibilización” está ligada a un ejercicio del poder; b) que la verdad, objeto que persigue la historia, es un constructo ideológico que corresponde a una época en particular y no puede erigirse como inamovible; y c) que la forma en cómo la historia emplea el lenguaje para contar los hechos pasados no se diferencia en nada de las estrategias narrativas utilizadas en la literatura.
Estas objeciones han dado pie al surgimiento de una serie de nuevas interpretaciones, revisiones y escrituras de otras historias (étnicas y de género, entre otras). Estamos entonces ante la presencia de una serie de ataques teóricos y prácticos a cierta idea de historia moderna (3).
La noción de una pérdida de utopía es también un lugar común en el mundo actual. No es que los sueños hayan desaparecido (los sueños abundan), sino que no se sabe cuál debería ser el camino por seguir para conseguirlos. Además, se desconoce por el momento qué sujeto sería capaz de llevarlos a cabo. No hay camino ni caminante. Esta situación se encara desde dos perspectivas: la primera festeja el fin de los fosilizados conceptos, aplaude la heterogeneidad y cifra su actuación en las pequeñas historias; abandona la idea de totalidad, pues le suena equívocamente a totalitarismo; quiere hacer “camino al andar” y olvida irreflexivamente que todo presente cuenta con la obligación de inventar las condiciones de su futuro, así éste no se cumpla. La segunda tiene en la nostalgia a su mejor definición: extraña las antiguas seguridades, lo nuevo le genera pánico, le desconcierta la celeridad de los cambios y ambiciona secretamente que el fin de la partida llegue pronto; digamos que es un apocalíptico por exceso de credulidad en el pasado.
Me importa destacar otro punto, esta vez ligado con el contexto de producción de las novelísticas de Carpentier y de Posse.
Alejo Carpentier inicia su labor narrativa en 1933 y la concluye en 1973. Período en el que la crisis social que comenté no se había dado; además, el escritor cuenta con la oportunidad de vivir la Revolución cubana, causa ideológica que abraza y secunda. Carpentier reescribe la historia, la problematiza, la desacraliza, de eso no hay duda, pero el horizonte desde el cual lleva a cabo su producción literaria está marcada por su asunción de la ideología marxista; la que tiene al futuro histórico (entiendo este término como la conjunción de cierta idea providencialista que habita las ideas de Marx) como lugar de plena realización.
Carpentier tiene un espíritu democratizador. Eso lo observa bien Posse cuando señala en su novela Los perros del paraíso (1987) que el autor cubano imaginó una relación sexual entre la reina Isabel y el navegante Colón por un exceso de sentido democrático. Lo que pretende Carpentier es desenmascarar la historia oficial tal cual ha sido contada, pues entiende que el capitalismo se expresaba mediante su superestructura, de la que la historia formaba parte. La literatura para el escritor cubano obviamente no tiene sólo un sentido estético, sino que sobre todo es un instrumento que permite reordenar un pasado mal contado.
Entonces, la recusación de la historia oficial hecha por Carpentier en una serie de novelas sitúa la ideología marxista como el lugar desde el cual realiza su crítica. Decir que todo lo sólido se desvanece en el aire no es lo mismo que imaginar que el habla se sostiene en la nada. Aquélla necesita siempre de un lugar, real o imaginario, para desarrollar su decir: la utopía marxista es la elegida por Carpentier.
A diferencia del escritor cubano, Posse inicia su actividad literaria en 1978, labor que continúa hasta la actualidad. Su trabajo como funcionario diplomático lo ha llevado a diversas partes del mundo. Reside actualmente en España, donde ejerce como embajador de su país. El escritor argentino ha conocido los movimientos estudiantiles de la década de 1960 y, a su vez, ha experimentado la situación social actual. Por tal razón, no es de extrañar que el habla de Posse provenga de la nostalgia ante la pérdida de seguridades y de caminos por seguir en el futuro o, más descarnadamente, de la imposibilidad de hacer algo, antes que de una idea que pretende resarcir las historias negadas desde una perspectiva marxista.
Posse no tiene al futuro como lugar de enunciación. En cualquier, caso la nostalgia por el pasado sería el lugar desde el cual su labor narrativa se desarrolla. Si bien la historia se subvierte, se carnavaliza y parodia en muchas de sus novelas, estas estrategias narrativas deben ser procesadas a la luz de cierta nostalgia que trasunta a lo largo de sus escritos; no es gratuito que nos presente a un Cristóbal Colón entrevisto como el destino trágico (4) que ya no se puede emprender.
Por eso no es de extrañar que, antes que el mensaje que proporciona la obra literaria, el escritor opte por señalar que importa más la escritura misma (Posse, 1998). Y su preocupación por el buen decir (un decir cercano a lo poético) es otra forma más en cómo se expresa la nostalgia por el pasado.
Ahora bien, en este momento puedo coger el muy útil libro de Seymour Menton (1993), ver cuáles son las características de la nueva novela histórica y pasar a su identificación tanto en El arpa y la sombra de Carpentier como en Los perros del paraíso de Posse. Yo o cualquiera detectaría fácilmente el empleo de la ironía, la parodia, la carnavalización o el mundo al revés por ambos autores. Pero, ¿es suficiente el empleo de ciertas estrategias narrativas para formar un conjunto, para imaginar una homogeneidad? Espero haber demostrado que eso sería caer en un facilismo, en una fácil concesión a una forma de hacer crítica literaria que se desentiende de la dinámica de algunos procesos sociales que, se quiera o no, afectan la escritura de los novelistas.
(*) Estudió Literatura en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Es actualmente becario del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Reside en Madrid.
(1) Evito emplear el concepto de “estructura de sentimiento” en tanto que el propio Raymond Williams (1993), autor de la categoría, ha señalado su carácter inasible y problemático.
(2) Seymour Menton olvida estas precisiones en su ya conocida introducción a la nueva novela histórica latinoamericana (1993).
(3) “Cierta idea de historia moderna” quiere señalar varias cosas: a) que para derrotar mejor a un concepto se le reduce y se le homogeneiza (no otra cosa han llevado a cabo ciertos autores posmodernos); b) que tales estrategias implican estudiados olvidos; y c) que, tal como lo adelantó Foucault, los silencios sustentan muchos de nuestros saberes.
(4) La tragedia no es sólo un género literario, sino también una forma de vivir la vida que la carga de densidad.
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