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Diálogo entre Alfredo Pita, Ricardo Sumalavia y Goran Tocilovac (*)
Perú: ¿un mundo negro sin novela negra?
El siguiente texto surgió de un pedido que la revista francesa 813 hizo al narrador y peruanista de origen serbio Goran Tocilovac. Esta publicación, especializada en novela negra y policial y una de las revistas más antiguas de Europa, presentará a finales de este mes un especial sobre América Latina, en el cual este diálogo de escritores ocupará un lugar resaltante.
G. Tocilovac: Siempre me ha parecido curioso que, con respecto a otros países latinoamericanos –Argentina y México, sobre todo–, en el Perú se haya producido relativamente poca novela negra. Y no entiendo por qué oscura razón. Porque si hemos de comparar los niveles de violencia, criminalidad, corrupción, tráfico de drogas y terrorismo, pues el país no tiene nada que envidiarle a los demás. Y sin embargo no son temas que se hayan impuesto en la literatura nacional. Salvo excepciones, por supuesto, con escritores que han incursionado en el género negro y que rápidamente han vuelto a la “verdadera” literatura.
A. Pita: Dices bien, en el Perú no hay literatura negra, pero creo que, a la vez, la hay. Está atrofiada, pero está allí, y no hace poco, hace al menos cincuenta años. Otra cosa es que no se haya desarrollado como una corriente en sí, con sus cultores exclusivos, sus personajes recurrentes, sus universos cerrados.
R. Sumalavia: No olvidemos que en el Perú, salvo la narrativa realista, sea indígena o urbana, que tuvo intenciones de ofrecer grandes frescos de la sociedad, todo lo demás ha sido una narrativa marginal. Las narrativas de vanguardia, la narrativa fantástica y tantas otras modalidades que se han desarrollado en el resto de América Latina, aquí se han escrito y leído entre amigos. Lo mismo pasó con el policial. Obviamente, la mayoría prefirió estar en el canon literario.
G. Tocilovac: Sí, pero en cuanto al policial, cabe señalar que la ciudad, la gran urbe, “Lima la horrible”, recién se impone como una nueva realidad totalizadora del país a partir de la década de 1960.
A. Pita: La ciudad está presente a partir de la década de 1950, pero en cuanto laboratorio social, de ahí el impacto del título de Salazar Bondy. Quiero decir que desde entonces hay el marco para una literatura “negra”, pero no policial. Por otro lado, toda forma artística, por autónoma que parezca, siempre es tributaria de su sociedad y su tiempo. El terreno hace a la flor. El indigenismo era inevitable en un país que hace medio siglo, y aún hoy, tenía más problemas rurales que urbanos. Lima no es Buenos Aires, nuestro problema no eran los inmigrantes expulsados de Europa.
R. Sumalavia: Para eso hay un sustento histórico, no por nada fuimos el último bastión de la colonia española en este lado del continente. Seguimos siendo, queramos o no, conservadores. Por esta razón, entre otras, la vanguardia literaria a inicios del siglo XX se frustró también. Por ello considero que el policial, como otras formas de narrar, es bastante necesario y refrescante para la narrativa peruana.
G. Tocilovac: A lo que iba es que ese apego del escritor peruano al canon literario no es por falta de conocimiento de lo que se produce en otras partes. Tenemos el ejemplo de la primera novela policial peruana, como lo señalaste tú, Ricardo, en un artículo reciente; se publicó en 1912 en la revista Variedades con el título: El meñique de la suegra. Y un subtítulo de primera: Espeluznante novela policial limeña. Es una novela colectiva bastante irregular y mal estructurada, pero al menos tiene el mérito de abrir un camino literario.
R. Sumalavia: Es un antecedente que hay que tener en cuenta, ya que fue escrita como un divertimento, una travesura de los narradores modernistas de comienzos del siglo XX. Y fíjense que ese elemento paródico, tomado a la ligera por sus propios autores, será una marca distintiva para el policial latinoamericano último.
A. Pita: Una “noveleta” clandestina. No la conocía. Yo encontraba el germen de lo “negro” entre nosotros en “Cera”, de Vallejo, en los cuentos iniciales de Ribeyro, en la novela de Congrains. Y no olvidemos que La ciudad y los perros, además de la realidad negra que pinta Vargas Llosa, es la historia de un asesinato y de una fallida investigación.
R. Sumalavia: Quizás ése haya sido el problema, casi todos nuestros escritores han coqueteado con el género policial, pero han preferido seguir siendo fieles a una expresión colectiva de la sociedad peruana, y no a un individuo marginal como lo es el investigador.
G. Tocilovac: Lo que de alguna manera explicaría la proliferación de libros de denuncia o reportajes de investigación de la última década. Fernando Ampuero habla de la literatura del destape, que no es propiamente ficción, pero que tiene indudables ingredientes de imaginación y fantasía que son propios de la novela negra.
A. Pita: Sí, Goran, pero esa proliferación no va más allá y es sólo el resultado del notable y explicable desarrollo de la sociología, de un cierto periodismo en un período de crisis y de lucha contra una dictadura corrupta y sangrienta.
R. Sumalavia: Lo que dice Fernando Ampuero es muy cierto, pero siempre ha sido así. Las crónicas medievales estimulaban a las novelas de caballerías y viceversa. Ahora las crónicas policiales son fuente para la novela negra y en sentido inverso también. Claro, y lo que anota Alfredo particulariza el hecho en el caso concreto del Perú de entonces.
G. Tocilovac: Pero no dejo de preguntarme por qué se detiene ahí y por qué no da el paso siguiente, o sea, el de la ficción. Como si la literatura peruana de fines de milenio hubiera optado por distanciarse de la realidad del país, lo que de alguna manera explicaría el éxito, tanto comercial como crítico, de la novela País de Jauja, de Edgardo Rivera Martínez, en pleno apogeo de Sendero Luminoso. Una gran novela de nuestros tiempos, sin duda, que vuelve al pasado para recrear una época de relativa paz y armonía en comparación con el caos del presente.
A. Pita: No creo que ése sea el problema. Ya lo hemos dicho: lo “negro”, en el cine, en la novela, fue un intento de pintar la dureza de la convivencia humana en las sociedades urbanas del siglo pasado. En el Perú no se desarrolló como en Estados Unidos o en Francia porque hace cincuenta años el país arrastraba problemas irresueltos de dos, tres, cuatro siglos atrás: tan evocada fractura cultural, que yo llamo más bien la esquizofrenia nacional, el apartheid que nunca dijo su nombre, la feudalidad, etcétera. Y estos problemas no eran urbanos. Ello explica que por entonces lo más frondoso y recurrente de nuestra narrativa fuera la “indigenista”.
R. Sumalavia: Lo que dice Alfredo me hace pensar que, efectivamente, en el proceso literario peruano, la novela no estuvo lo suficientemente madura para abordar el género negro, cuyo escenario por excelencia es la ciudad. Quizá diga una majadería, pero considero que la tradición novelística peruana es muy pobre. Ciro Alegría, José María Arguedas, Vargas Llosa, Bryce y dos o tres escritores más no hacen una tradición novelística, como sí la hay en el cuento, por ejemplo. ¿Cómo, entonces, podemos pretender dominar un género llamado “menor”, cuando ni siquiera se domina el “mayor”? O puede ser, como en Cuba, que el camino a ese llamado género mayor sea a través del policial. Digo esto para no ser tan pesimista.
G. Tocilovac: En Argentina, por ejemplo, el único género popular y masivo es el policial. En lo que concierne al Perú, se me ocurre pensar tan sólo en la novela indigenista de Ciro Alegría, cuando en la década de 1960 sus obras se vendían por decenas de miles de ejemplares en ediciones populares. Pero después, a medida que el país se dirigía lenta pero seguramente hacia el abismo que conocemos ahora, el libro fue, con toda lógica, una de las primeras cosas de las que se prescindió.
A. Pita: Sí, en el Perú de hace cuarenta años hubo momentos de divulgación masiva del libro, y no sólo de la obra de Alegría. Me refiero a los festivales populares del libro o a Populibros, que empujaron gente como José Bonilla, Enrique Congrains o Manuel Scorza. Había libros a precios abordables y lectores ávidos. Fue un “verano feliz” para un público privado de libros desde siempre, pero insuficiente como para que una corriente de corte “negro” se disparase en nuestro medio. La realidad y la sensibilidad del momento hicieron que una literatura de corte ruralista se impusiera, expresando una protesta, pero también una nostalgia.
G. Tocilovac: No sé, yo lo que retengo es que al mismo tiempo asistíamos a la paulatina pauperización de la clase media, público lector y consumidor que en otros lares, como Argentina y México, permitió la eclosión del género negro desde la década de 1950, y que en el Perú dejó de comprar libros en los que en definitiva no se reconocía.
R. Sumalavia: Tanto en Argentina como en México y Cuba se editaron novelas policiales traducidas del inglés o del francés. Tuvieron sus colecciones de serie negra o equivalentes. En este contexto es que estos países, después de publicar a Agatha Christie o Chandler, publicaron a sus autores locales. Ese tránsito, al no darse en el Perú, dificultó su difusión. Las ediciones más propaladas en el circuito editorial peruano fueron las argentinas. Ése es un problema editorial que supera a los escritores, pero que los afecta. Veo afortunadamente que, a pesar de todo, en el Perú hay un indiscutible interés por el género negro en estos últimos años. Quizás no se dé tanto en las novelas mismas, pero sí en la discusión sobre ellas y el seguimiento a los demás autores latinoamericanos.
A. Pita: Es cierto, pero creo que, pese a ello, ni aún ahora estamos preparados para lo “negro”. Tenemos una literatura, digamos, “totalizadora”, otra light, hecha de novelerías más que de novelas, y, al lado, los remanentes del “indigenismo”, que quieren hacer su aggiornamento, pero viven su sino y oscilan entre la denuncia, el drama y el bucolismo. El caso llama la atención, pues nunca como hoy el Perú ha sido más urbano. Un tercio de la población del país está en Lima, la mayor ciudad “andina” del país. Una literatura de la urbe, compleja, rica, contrastada, debería hoy imponerse para dar cuenta de la vida terrible, negra, de la inmensa mayoría de los peruanos, pero ¿quién asume el reto?
G. Tocilovac: Pues yo sí creo que las cosas han cambiado. No porque se compren más libros (lamentablemente no es el caso), sino porque los recientes escritores de la novela negra han sabido integrar la nueva recomposición andina del paisaje urbano de la que habla Alfredo. Creo que han sido los primeros en reconocerla y, por lo pronto, el lector consumidor al fin tiene un espejo en el que reflejarse, por lo que no me extrañaría que pronto se produzca una verdadera explosión del género. De hecho, ya lo estamos viendo.
A. Pita: Bueno, de ser así seré el primero en alegrarme. Veamos la realidad del momento. ¿Qué tenemos realmente, hoy, en el Perú, como narrativa negra?
R. Sumalavia: La producción es variada, pues el género negro no sólo se aborda desde la novela o el cuento, sino también en el teatro, la crónica, la investigación. Pero si hablamos de ficción narrativa aparecida desde la última década del siglo, podemos mencionar Deseo de noche y El vuelo de la ceniza, de Alonso Cueto; Caramelo verde, de Fernando Ampuero; Secretos inútiles, de Mirko Lauer; Instrucciones para atrapar un ángel, de Javier Arévalo; El enigma de los cuerpos y Las pruebas del fuego, de Peter Elmore; Puñales escondidos, de Pilar Dughi; Mademoiselle Moutarde, de Patrick Rosas, las novelas de ustedes dos. Por otro lado, la política de Fujimori y Montesinos dio y continúa ofreciendo muchísimo material, tanto que más nos acercaríamos a la novela de espionaje que al policial en sí.
G. Tocilovac: Y si seguimos así, la política “real” se convertirá en el mejor escritor del género negro del Perú...
R. Sumalavia: Me gustaría mencionar un dato curioso: el policial más sistemático y coherente que hemos tenido en el Perú se dio en la década de 1980 con la serie televisiva Gamboa, un investigador de la antigua Policía de Investigaciones del Perú. Después, ante el éxito del primero, apareció Barragán, un oficial de la Guardia Civil. Los guionistas de esas series son, definitivamente, los más prestigiosos antecedentes del género negro en el Perú.
A. Pita: Creo que tocas el meollo del problema, Ricardo. El mercado existe y también los cultores del género, gente que sabe que éste exige eficacia dramática, recurrencia de personajes y situaciones, entre otros, pero estos cultores desgraciadamente no hacen novela, sino televisión o cine.
G. Tocilovac: Yo diría que en primer lugar –y en el último también– somos escritores y punto. Creamos ficciones, ya sea en cuentos, novelas o guiones de cine, y en algún momento sentimos la necesidad de pasar –provisionalmente o no– a la novela negra porque corresponde a un punto dado de nuestra búsqueda.
A. Pita: En mi caso incorporé la enseñanza de algunos maestros que eran practicantes o deudores del género negro. No es de extrañar, pues, que haya utilizado sus técnicas o alguno de sus trucos.
R. Sumalavia: Siento que de alguna manera el género negro se convierte en un lugar de paso obligado, pues lo mismo pasa con todo género que se vale de los códigos populares. Ahora bien, algunos lo tomarán como algo provechoso para la novela en genera; otros lo pueden ver como una degradación del género.
G. Tocilovac: A fin de cuentas, lo que propone la novela negra no difiere mucho de lo que nos ofrece la novelística tradicional; hasta diría que cada novela negra que citamos tiene su correlato en la literatura “oficial”. Podemos tomar como ejemplo de tres caminos diferentes que se han seguido: a Peter Elmore, por un lado. Con El enigma de los cuerpos incursiona en el mundo marginal de la gran urbe en la mejor tradición chandleriana, pero a la salsa criolla esta vez; y por otro lado, tú, Alfredo, que optas por una novela negra que se sumerge en el mundo de la política para tratar de comprender el Perú de nuestros días. Yo, por mi parte, me inclino hacia una novela negra pero abstracta, algo alejada de la realidad tangible del país.
A. Pita: No olvidemos a Mario Vargas Llosa, quien escribió una de las pocas golondrinas que cruza el cielo de nuestra pobre literatura negra: ¿Quién mató a Palomino Molero? La novela policial peruana más redonda y ajustada a las reglas del género.
R. Sumalavia: Es más que saludable que se dé tal diversidad en la escasa novela negra en el Perú. Con detectives, gente común que investiga, sujetos acosados que se ven inmersos en un mundo violento que tienen en sus narices y cuya lógica no comprenden. Con humor, con ironía, con cierto lirismo, aprovechándose del lenguaje de acuerdo con sus fines narrativos. Hechos delictivos en la capital, fuera de ella, o en París. Esto sólo puede ser signo de una enriquecida creatividad. Y si me equivoco, pues habría que investigarlo.
(*) Alfredo Pita (Celendín, 1948). Autor de los libros de cuentos Y de pronto anochece (1987) y Morituri (1990), y del poemario Sandalias del viento (1995). En 1999, su libro El cazador ausente ganó en España el premio internacional de novela Las Dos Orillas, tras lo cual fue publicado en cinco países europeos. En Francia, por Editions Métailié (2000). Ricardo Sumalavia (Lima, 1968). Profesor universitario, autor de los libros de cuentos Habitaciones (1993) y Retratos familiares (2001). Goran Tocilovac (Belgrado, 1955). Autor de Extraña comedia (2002), que reúne cinco de sus novelas. Han sido publicadas en francés, por L’age d’homme, las tres primeras: Puede ser el tiempo (1991), De la desolación (1993) y Una noche no (1998).
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