¿Puede ser la conversación un arte?
En algunos casos, las expresiones cotidianas pueden depararnos sorpresas, sobre todo cuando recorremos la historia de sus significados para buscar precisión semántica. Esto sucede, en particular, en el caso de algunas palabras que requieren de un ejercicio detenido en sus connotaciones e implicancias.
No hace mucho, y en una nota de homenaje al poeta peruano Wáshington Delgado, fallecido el año pasado, un periodista decía que el extinto poseía el don de “hacer de la conversación un arte”. Afirmación que, al margen del reconocimiento personal que implica, nos induce a formularnos una pregunta que reclama una respuesta fundamentada. Un paso indispensable para ello es tener muy claros los conceptos de lo que son, por un lado, la conversación y, por otro, el arte.
Para el primer término, el Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE) nos dice que conversación es “la acción y efecto de hablar familiarmente una o varias personas con otra u otras”. Conversar, por otra parte, es “dicho de una o de varias personas: Hablar con otra u otras”; y conversador, “el que sabe hacer amena e interesante la conversación”. Definiciones muy ilustrativas, por cierto, pero en las que, para ser estrictos, faltaría quizá la idea de comunicación. Aun así, cabe preguntarse si cualquier intercambio verbal es conversación.
A fin de responder a esta duda procedamos a un deslinde sinonímico. Nos servimos para ello del afamado diccionario de sinónimos de Gili y Gaya, en el cual hallamos que el término más cercano, próximo a la equivalencia, es coloquio, en cuanto éste supone también “cierta familiaridad o confianza...”. Plática, en cambio, es lo mismo, pero “tiene sabor arcaizante”. Charla, a su vez, es “conversación sin objeto determinado, por puro pasatiempo”; aunque a veces, al menos entre nosotros, tiene también el sentido de “conferencia informal”. Por último, se mencionan cháchara, palique y parloteo, que acentúan fuertemente el carácter familiar de ese intercambio y sugieren el sonido animado de las voces. Así, pues, podemos concluir, sobre la base de esas definiciones, que conversación es un intercambio verbal oral en que participan dos o más personas, en un nivel de familiaridad o confianza, y en cuyo desarrollo es conversador “el que sabe hacer amena e interesante la conversación”.
Veamos ahora lo concerniente al término arte. Se trata de una palabra con varias y complejas acepciones. Nos interesan dos de ellas. La primera dice: “Virtud, disposición y habilidad para hacer algo” (DRAE), definición que podría completarse diciendo: “una cierta habilidad para hacer o producir algo”. Y la segunda: “Manifestación de la actividad humana, mediante la cual se expresa una visión personal y desinteresada que interpreta lo real o imaginado con recursos plásticos, lingüísticos o sonoros” (DRAE). Desde un punto de vista más amplio, recordemos que arte, para los griegos (tekné), significaba un “saber hacer” que podía ser teórico o práctico. Para Kant, el arte puede ser mecánico o estético. En este caso, tiene como fin crear objetos bellos. Puede ser o bien placentero, cuando simplemente produce goce, o bello, cuando causa satisfacción intelectual.
Volvamos, pues, a la cualidad atribuida al poeta por aquel periodista: la de hacer de la conversación un arte. Aquí está en juego obviamente la idea primera de habilidad, disposición y virtud, en este caso para esa particular forma de comunicación recíproca que es la conversación, entendida ya no en los términos de la segunda acepción registrada por el DRAE, sino simplemente como actividad placentera, en cuanto amena e interesante, y cuyo fin está en sí misma. ¿Pero qué es lo que puede concederle tal calidad? Pues el tema, hasta cierto punto (en principio no hay tema malo), el ingenio, la cultura, el humor, la ironía, todo ello en dosis y combinaciones variables. Más aún, tratándose de un poeta de la calidad y cultura de Wáshington Delgado, como se desprende del contexto de la afirmación del periodista al que nos hemos referido, una actividad comunicativa amical seguramente procuraba una particular satisfacción intelectual, con lo cual estamos ya en las fronteras de la segunda forma de arte señalada por el filósofo alemán.
A pesar de su fugacidad y de su finalidad, la conversación puede en efecto ser, en ciertos casos, y en función de la dimensión intelectual o espiritual de los participantes, un arte. Si consideramos que una plática de esa naturaleza puede registrarse sonora o visualmente, como sucede ahora, o transcribirse apelando a la memoria, se cumple la exigencia de algunos estudiosos de la estética, en el sentido de que para que exista la obra de arte, ésta debe poseer algún soporte de realidad material.
En este punto debemos efectuar un excurso, relacionado con los diálogos socráticos o, en otras palabras, la mayéutica, que consistía en someter al interlocutor a una serie de preguntas a través de las cuales él mismo encontraba la verdadera respuesta a la cuestión planteada. No se trataba, pues, de una conversación, sino de una forma de interrogatorio que conducía progresivamente a la verdad o a lo que se aceptaba como tal. Era una plática más o menos espiritualizada, pero también placentera y amena. Bien puede decirse, en conclusión, que sí, que la conversación puede ser en ciertos casos o circunstancias una forma de arte, aunque menor. ¿Y no están allí, para probarlo, en otra época, en otros contextos y en otro nivel, las Conversaciones con Goethe, de Johann Eckermann?
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