|
UNA POÉTICA FILOSÓFICA
Pensar en español
Nacido en Barcelona en 1942, el filósofo y escritor español Eugenio Trías es premio internacional Friedrich Nietzsche y ha cultivado preferentemente el ensayo. Su pensamiento se centra en el concepto de límite. Algunos de sus textos se han convertido en verdaderos clásicos actuales: La filosofia y su sombra, Drama e identidad, El artista y la ciudad, Tratado de la pasión, Lo bello y lo siniestro y Pensar la religión.
Formamos parte de una misma comunidad lingüística que favorece y facilita los encuentros y los contactos. Nos permite impulsar, en la medida de nuestras fuerzas, lo que considero que constituye una de las grandes tareas del pensamiento filosófico de este naciente siglo y milenio: su desarrollo y despliegue en esa lengua nuestra compartida; una lengua que ha tenido excelentes cultivos en el ámbito de la poesía y de la novela, o en general de la literatura, incluido el ensayo literario; pero que ha sido parca hasta el exceso en sus aventuras lingüísticas y de escritura en un terreno tan sensible para aquilatar los valores y los logros culturales de una comunidad (en este caso, una extensa y compleja comunidad lingüística) como es el ámbito de la creación filosófica.
Y hablo a conciencia de creación filosófica, pues creo que la filosofía es sobre todo, o ante todo, creación en sentido estricto, poiésis, para decirlo al modo griego y platónico; con el mismo título y con el mismo derecho que la creación en el ámbito de la ficción, o en el terreno literario en sentido amplio.
En filosofía, a diferencia de lo que sucede en el campo de las ciencias, no es prescindible el medio lingüístico en el cual se realiza el trabajo de creación. La investigación científica ha asumido la lengua inglesa como lengua franca a través de la cual realiza sus ponencias y aportaciones. Pero en filosofía eso no puede (ni debe) suceder. La filosofía aspira, ciertamente, al conocimiento; pero tiene un carácter creativo que, en relación con el medio oral y escrito en que se expresa, la emparenta a las tradiciones literarias.
Soy de quienes no suscriben incondicionalmente la asimilación de la filosofía a narración o a relato. Creo que la filosofía tiene sus propios modos de argumentar, que no son reductibles a los modos argumentativos de la narración o del poema, como tampoco se pueden subsumir en los que son propios y exclusivos de la ciencia (por ejemplo, de la física teórica, de las matemáticas, de la biología, o de las mismas ciencias humanas o sociales). La filosofía exige la lengua propia del creador, a la cual todo traductor debe acercarse con criterios interpretativos, o hermenéuticos. Uno no puede imaginar el Tractatus en otra lengua que el alemán. Ni puede leer a Peirce, a Foucault, a Ortega y Gasset, a Benedetto Croce o a Heidegger sin tener presente las lenguas originales en que sus textos están escritos.
La filosofía en su historia ha combinado un género riguroso, bajo el formato del tratado (entronizado por Aristóteles) con un género más ensayístico y cercano a la ficción, sin que ello signifique mengua de profundidad y de exigencia argumentativa, lo cual se advierte ya en los diálogos de Platón, y llega a nuestro siglo a través de grandes escritores y estilistas de la filosofía como Ernst Bloch, Adorno o Benjamin; o bien Foucault y Deleuze.
Importa tener claridad sobre la relevancia de ir gestando y consolidando una tradición y una comunidad filosófica en la que esta impronta de la lengua, en nuestro caso la lengua española, se halle en el centro mismo de nuestras preocupaciones. Sería, creo, un grave error por nuestra parte lanzarse a un insensato universalismo, o a un internacionalismo globalizante, en este sensible terreno de la lengua.
Creo que el universalismo y el carácter internacional de la filosofía se halla en otra parte: en el inventario temático de los asuntos que trata, y en el acopio de medios e instrumentos disponibles para abordar tales asuntos. Y en esos aspectos sí que importa alzar o elevar la reflexión filosófica en el mundo hispánico a un nivel internacional temático y metodológico que la equipare a otras comunidades.
La filosofía ha de ser universal en sus propuestas; particular en sus formas de expresión, y en el contexto lingüístico en que se realiza; y singular, o radicalmente personal y personalizada, en el estilo propio en que se encarna.
Lo más deleznable de la filosofía de Heidegger radica en su afirmación de que sólo puede pensarse (en el sentido fuerte de la expresión) en lengua griega y alemana. O que de todas las lenguas de la modernidad sólo el alemán destaca por ser en verdad apta para el pensamiento filosófico.
Una afirmación así sólo puede desmentirse en forma pragmática: mostrando formas de pensamiento que se producen en otras lenguas. Creo que ha llegado al fin la hora de las lenguas latinas; y no sólo del francés, con importantes tradiciones filosóficas, desde Descartes a Bergson o a Deleuze, o desde Montaigne a Sartre, sino también del italiano, del español y de otras lenguas de la Latinidad.
Que la filosofía tenga una pretensión ecuménica y universal no significa que no deba asumir la particularidad del medio expresivo en que discurre. La filosofía nunca ha sido neutra en relación con sus formas de dicción. No lo fue en Grecia (Platón es la prueba insigne; pero también Aristóteles); no lo fue en la modernidad; no lo ha sido tampoco en el siglo XX, donde la mejor filosofía se ha puesto a prueba en su estilo, o en la materialidad escrita en que se encarna.
De hecho toda gran filosofía pretende decir o hacer verdad por medio del trabajo ímprobo y riguroso de la escritura y el estilo; y en este punto la filosofía es la mejor música (Platón). La filosofía que lo es de verdad no renuncia jamás a constituir un acto de creación (de lo que Platón llamaba poiésis). Sólo la mala y deficiente filosofía hace caso omiso de su materialidad de escritura, o de literatura de conocimiento, manteniendo un criterio neutro en relación con esa forja y destilado que constituye el trabajo formal y estilístico del texto.
Un trabajo en el que la creación, o recreación, del filósofo se hermana con la del músico. Por eso la aspiración última del filósofo es extremadamente ambiciosa: proponer Ideas filosóficas que pueden ser asumidas en su posible verdad, pero a través de medios expresivos (lingüísticos o de escritura) que deben evaluarse desde criterios artísticos.
Y eso vale tanto hoy como ayer o anteayer; tiene vigencia en plena modernidad en crisis, en el mundo de cambio de milenio que vivimos, en plena era global; lo mismo que hace quinientos o dos mil trescientos años. Las buenas filosofías son aquellas que, sobre la base de esos principios, son permeables a los problemas de su tiempo, o saben dar respuestas a éste. Decía Hegel que la filosofía es la rosa en la cruz del presente.
Filosofía y poesía
Los filósofos debiéramos también, como hacen los poetas, escribir nuestras poéticas: la suerte de preceptiva que hace explícita la pauta interna desde la cual se va gestando una propuesta filosófica. De hecho, la esparcimos y desparramamos por nuestros escritos en los momentos en que se impone razonar y justificar las elecciones conceptuales y de estilo que en cada texto promovemos.
La filosofía, como he adelantado, es un acto de creación, de poiésis. Se halla emparentada con todas las demás formas de creación que bajo el rótulo de Arte o de Literatura se reconocen. La creación no es unívoca; ni admite sólo algunas rutas más o menos canonizadas.
La gran complejidad de la creación filosófica consiste en que debe usar, como la poesía, o la literatura en general, la expresión escrita para poderse producir. No basta el habla, o la palabra viva, para consumar el acto filosófico. O no es eso suficiente (al menos desde Platón). Sócrates es, sobre todo, un personaje de ficción; de la ficción platónica tramada en sus extraordinarios diálogos. Es una fabricación (fictio) de la poiésis platónica que asume en muchos de sus diálogos el papel extraordinario con que lo reconocemos. Así nos llega Sócrates a nosotros (con el permiso de Xenofonte).
De hecho, entre la escritura y la palabra dialogada discurre lo más genuino de la filosofía, que se despliega en textos de naturaleza literaria (tomando literatura en su sentido literal), y que se comenta y potencia a través de la enseñanza oral, o de la exposición verbal, mediante la cual la suerte de propuesta filosófica que se formula puede ser conocida y comprendida, y por lo mismo contrastada y debatida.
La filosofía es literatura de conocimiento. Literatura en la medida en que tiene que ver con la gestación de textos y de escrituras. La textura y la letra no son, en filosofía, objeto de contemplación teorética de una posible ciencia (de la escritura y de los textos). Son algo mucho más importante y decisivo: la praxis misma de esa literalidad textual que, en la medida en que se orienta decididamente hacia el conocimiento, puede reconocerse en su identidad filosófica, y en su diferencia específica. Importa esa gramato-praxis como lo más propio y genuino de la filosofía; mucho más que toda inclinación (meta-lingüística) hacia un posible meta-relato gramatológico.
El filósofo es escritor
La actuación y el ethos del escritor-filósofo es, en esta aventura, lo decisivo; constituye el motor de la creación, o de la poiésis. El filósofo es, desde Platón hasta Adorno, desde Aristóteles hasta Wittgenstein, siempre escritor. La escritura le invade y le penetra. Trama, como pedía el poeta español José Ángel Valente de todo verdadero escritor, relación carnal con letras y con grafías. Le importa la disposición de lo que se produce a través de ensayo y estilo. Le importa, por lo mismo, el marco formal en que se dan espacio y tiempo los párrafos, los capítulos, las diferentes partes de este todo abierto que acaba cuajando y cristalizando en un texto con su correspondiente título, expresivo de la más secreta intención del compositor.
Pues todo filósofo de verdad es, sobre todo, compositor. Sólo por serlo puede (y debe) ejercer también de intérprete y hermeneuta. Intérprete de sus propias tradiciones, exegeta de los signos de su tiempo, puede componer así una propuesta, o proposición, expresada en forma escrita, que sirva de hilo de Ariadna para abrir el gran laberinto de la recepción dialógica (en el debate, en la enseñanza, en la reflexión verbal acompañada). Inevitablemente debe ser, también, intérprete de su propia propuesta, de manera que ésta alcance el máximo de lucidez y auto-esclarecimiento crítico.
De ahí la necesidad de que todo filósofo, en algún momento de su vida, reflexione sobre su propia forma de situarse en la creación; o de trazar la preceptiva que guía y gobierna, a veces oscuramente, su propia trayectoria y aventura. Pues no se piense que ese proceso irrumpe en toda su diáfana claridad en los procesos de creación, ya que la carga de reflexión trazada en textos se va iluminando, al propio forjador de los mismos, con el paso del tiempo y con el transcurso de la vida. Es más; la sucesión de textos que se añaden a la reflexión, a través de los cuales se intenta consolidar la propuesta filosófica, producen muchas veces una iluminación relampagueante de carácter retrospectivo sobre textos anteriores en el tiempo. Esto sucede en filosofía lo mismo que puede suceder en música o en poesía: el opus 131 (de Beethoven) arroja luz insospechada sobre el opus 18 (pongo por caso).
Olvidar ese carácter creador que posee la filosofía, la filosofía de siempre, la filosofía de hoy y de mañana, es condenarse a enterrarla en la incomprensión y en la mediocridad. Sólo recordando estas verdades tan obvias es posible abrir el gran debate que se espera y desea en el próximo futuro: la relación compleja, tensa (pero amistosa y grandiosa) entre poesía y filosofía.
Ya que esa reflexión sobre lo textual y lo literario no debe sumirnos en el obtuso logro postmoderno de un todo revuelto en el cual todo acaba siendo Igual (o blanco sobre blanco; allí donde se estrella la refracción cromática de la luz). El blanco sobre blanco nos sobrecoge como presión de silencio; y como cerco y acoso de todo lo que nos traspasa.
Pero lo importante e inteligente consiste en trazar las diferencias y las distancias. Sólo desde una distancia apolínea, alciónica, arriba de las más elevadas cumbres (separadas por abismos de hielo), pueden los más amados, filósofos y poetas, encontrarse; o comunicarse en esa distancia que los aboca a un mismo infinito; y que los distingue en sus divergentes estrategias ante un mismo material lingüístico y textual.
En el poeta se destaca en el primer plano escénico de la composición la musicalidad de la expresión verbal y escrita, las medidas del tiempo, los ritmos, la rima interna y externa; y con todo ello también los modos de dar cauce a la elaboración de la materia fónica sobre el cual se expresa y trabaja; o el brotar de imágenes que, en cascada, o a través de explosiones vocales puntuales, van surgiendo del cráter lingüístico, o desprendiéndose del manantial de la lengua. Si bien una misma pasión por conocer, común al poeta y al filósofo, debe asistir a ese parto de las Musas.
Ya que también la poesía aspira a conocer, sólo que con otras estrategias y medios que la filosofía. En ésta también se produce un escondido y esotérico trabajo con la musicalidad de la expresión; también la filosofía precisa imágenes y escenarios; la materialidad de la escritura y de la palabra lo exige. Y no existe palabra ni escritura que no se encarnen, en el más riguroso sentido onto-teológico, en la materialidad del discurso o del diálogo, o del texto literario.
Pero lo que en primer plano debe promoverse es otra cosa; y esa otra cosa se nutre, como de su naturaleza física, de la imagen y del sonido, pero estilizando ambas hacia una radical tensión orientada a la elaboración conceptual.
Por eso en filosofía el ensayo filosófico, cuando lo es de verdad, constituye el género más complejo y más difícil, y el más expresivo también; ya que el ensayo hace tientos con la escritura y el lenguaje con los cuales trabaja de forma explícita, pero siempre dejando que asomen, y finalmente se produzcan, verdaderas formaciones conceptuales.
Conceptos sobre algo tan problemático y lleno de enigmas como esos temas que se nos ofrecen en forma de antinomias, así por ejemplo las aporías cosmológicas, antropológicas y onto-teológicas a las que hizo referencia Kant en su primera crítica. De hecho esas Ideas (de una razón que se sabe y debe saberse limítrofe y fronteriza) constituyen el asunto y la materia de la filosofía: ¿Qué podemos conocer? ¿Qué debemos hacer? ¿Qué tenemos derecho a esperar? ¿Qué es el hombre?.
|