Diez al azar. Antología periférica de la nueva poesía venezolana es el título de la selección de poetas venezolanos nacidos a partir de 1950 que hace la profesora María Narea (Caracas, 1953). En el prólogo nos dice: Probablemente no sea una antología para complacer. Muchos nombres ya canonizados y cuyo trabajo poético, sin duda alguna, es de altísima calidad no aparecen en esta selección. No se trata, sin embargo, de una exclusión injusta. Nos anima más bien el deseo de dar a conocer quizá desde un gusto muy particular otras voces que también se están gestando en la periferia [fuera de Caracas, ajenos a alguna protección del Estado, sin el aval de la crítica literaria predominante] [ ] La expresión de estos poetas, sin embargo, no puede calificarse desde la marginalidad: ni lo urbano ni lo rural están planteados en términos convencionales. Ni el paisaje llanero ni las extraordinarias bellezas naturales el río Orinoco, por ejemplo son representados como un referente denotativo, se convierten más bien en pretextos para el erotismo o la irreverencia, combinados con una buena dosis de humor e ironía, en muchos casos (8).
De entrada, entonces, tenemos una magnífica plataforma para zambullirnos en lo desconocido. Sin embargo, en la primera lectura, comprobamos que a todo el volumen lo justifica sólo la valiosa difusión de una voz. Se trata del excelente poeta Lázaro Álvarez (1954), que abre significativamente también esta antología. Diferente al resto aunque, por momentos, con una modulación semejante a la de otro de los antologados, César Seco (1959), a la poesía de Álvarez no la distinguen esencialmente ni el erotismo ni la irreverencia, tampoco el buen humor ni la ironía, calificativos asignados por Narea al grupo de los poetas seleccionados en Diez al azar. Creemos que es algo más raro, sobre todo en los tiempos superhomogeneizados, huérfanos de aura y mercantilistas que vivimos. Nos referimos a la virtud de no comunicarnos palabras, sino movimientos del espíritu. Creemos que este distanciamiento de la palabra, esta pura mueca autista, es fundamental para valorar la poesía de nuestros días. Se hallan implícitas en este gesto la lucidez más radical y, al mismo tiempo, la amnesia o compasión más sincera. Dice Álvarez en Noche: La luna / Esclarece una ternura sobre mí. / La llevo como un don. / No debida a nadie ni dirigida a nadie. / Se oscurece para volver a ser radiante. / Se fuga como el agua cuando quiero beberla. / Tan sutil. / Una palabra más y la pierdo.
El resto de poetas, por el contrario, trajinan en el culto de ellas (las palabras) y, claro, ganan en precisión o en elocuencia, pero pierden irremediablemente el poema. Sólo después de aquella experiencia radical, compartida por el lector, es que podemos concordar con las características dicho sea de paso típicas y tópicas de toda poesía moderna que la profesora Narea hace muy bien en poner de relieve en el trabajo de los poetas seleccionados.
Mas, contra lo que aparenta, no estamos insistiendo en el tradicional culto a las personalidades en literatura; creemos, más bien, que a su modo las estamos negando o, al menos, saboteando oblicuamente. Sobre todo a partir de negar las conveniencias para la poesía de un lenguaje con nítido perfil, es decir, el que refleja un yo conmovido o sabihondo o ingenuamente persuadido de su valiosa identidad. Lograr la economía, dominar la precisión de las palabras, no es ninguna meta; sí, quizá sólo el comienzo o algún aspecto importante del arte de la poesía, pero no un ingrediente imprescindible. La alta poesía es más que el decoro o antidecoro de la lengua y que la minuciosa propiedad de cada una de las palabras; es más, como prueba la obra poética de Rubén Darío, debería permanecer a pesar de la liquidación de una estética; alzarse tal como consta en las obras de Luis Hernández Camarero o Raúl Gómez Jattin contra sus propios sonados plagios y otras escandalosas imperfecciones.
En suma, la poesía de Lázaro Álvarez nos ha llevado a estas gratuitas y probablemente también pretenciosas reflexiones. Mas, qué le vamos a hacer. Es la única, dentro del conjunto, que no tiene una respuesta o colma una pregunta. Sintoniza, con El sereno beso de las cosas (15), con nuestro propio anhelo o desconcierto; nos advierte de nuestra propia condición Digo poesía / y ya estoy solo (12) y zozobra: Por si no volvieras / a besar nada real (13). Mientras mantenga esta espesura y tono menor sobre el imperio del público y de las palabras, la suya puede ser una de las obras poéticas por tomarse en cuenta en todo el ámbito de la lengua.
Hace poco más de medio año, Wáshington Delgado, uno de los más ilustres representantes de la llamada Generación del 50, partió repentinamente. Delgado había articulado alrededor suyo, y de su poesía, a varias generaciones de intelectuales cuyos miembros eran discípulos y a la vez amigos del poeta. Por esto, el descubrimiento limeño de una justa edición de su poesía en España renueva hoy nuestro acercamiento y admiración por el escritor y su obra.
Cuán impunemente se está uno muerto incluye una serie de poemas inéditos, además de otros ya publicados en Historia de Artidoro (1994) y algunas revistas peruanas, alcanzando registros clásicos en un marco diferente: una edición cautivante para un libro dividido en dos apartados, Traslado de restos y Hombre de pie, este último con prosas poéticas delicadas y dolorosas. Y digo clásicos siguiendo la definición que alguna vez el poeta formulara del espíritu de una obra de tal factura: voluntad de usos que privilegien la armonía de las formas, la claridad del contenido y la serenidad en la actitud.
Esta póstuma publicación recoge su título de los versos de Trilce, de César Vallejo, pero afirma la angustia existencial a través de la palabra calma, instalando poemas como Un caballo en la casa y Prado de la amargura, lejos de las balas que acosaban al viejo Artidoro, para redibujarlos en la cotidianidad de alguien que ejercita su capacidad de asombro ante el presente, con la lúcida conciencia de padecer, aún, un destierro por vida. Así, Delgado nos puede decir en el poema Día a día: Mientras la historia humana pasa, / yo escribo estas palabras, yo contemplo / el cadáver de una abeja en mi ventana, / yo combato a la muerte, día a día.
A lo largo del libro, el enunciador se acerca con igual destreza al Quijote o a imposibles Dulcineas, y transita por Lisboa o el jirón Cailloma con el mismo tono sabio y tierno con el que evoca un infantil whisky. Wáshington Delgado todavía nos reservó, pues, un momento de placer a través de la construcción de su último poemario orgánico, el mismo que se detiene en el gusto del paladar más exigente y que instala, pasada la lectura, el indecible perfil de su ausencia en la poesía peruana para dejarnos sintiendo: Allá fuera está el mundo con sus diez mil problemas... Ha llegado el tiempo / de imitar a las moscas / y buscar un pastel incombustible / como la poesía, por ejemplo: / ese pastel no demasiado dulce / que no se hace con tinta ni papeles / ni dinero, que se hace solamente / con amor e ironía (La poesía es un pastel no muy dulce).
Con el título El campo es santo, Alberto Benavides Ganoza nos entrega una cuidada selección de ensayos sobre cultura, filosofía y, principalmente, el destino del Perú. Este autor, que ha publicado varios poemarios, también es un destacado promotor cultural en nuestro país. Desde la dirección de Antares, Artes y Letras organiza, desde hace 3 años, el encuentro internacional de poesía El Patio Azul, en Cajamarca, certamen que ejecuta en la práctica una medida real de descentralización cultural, y que en las páginas que hoy comentamos nos presenta un pleno desarrollo.
En efecto, una de las ideas que mejor apunta El campo es santo es la autonomía cultural y política de los pueblos que conforman el país, su independencia del Estado-nación que surgió con la República y que ha fracasado a todas luces para el autor: Propongo la tesis de que el Perú debe dividirse en consideración de la naturaleza, la cultura y los vínculos entre las gentes. Se formarían así Estados pequeños más fáciles de administrar [ ] El Estado que ha sangrado al Perú desde Lima ha fracasado ya.
El elemento de la naturaleza es central para la configuración del Perú que nos presenta Benavides: por un lado está la Costa; por el otro la Sierra. La Selva, también integrante del país, se nos presenta cercana a la Costa. El conflicto medular, que podemos constatar desde la historia, se da entre la Sierra y la Costa.
Precisamente a diluir ese conflicto apunta el trabajo ensayístico de Benavides. Su escritura, que registra sus vivencias entre Cajamarca e Ica, Sierra y Costa, respectivamente, nos plantea la posibilidad de organizaciones regionales, siempre atentas a los efectos de lo global, pero reconciliadas con el elemento natural. En consecuencia, la experiencia del espacio en sus textos se vuelve fundamental para dar sentido a sus propuestas.
La cultura es otro punto enfático en El campo es santo y tiene como generador la diferencia espacial. En el Perú, la diferencia espacial es también diferencia cultural. Esto permite que nuestra diversidad sea también nuestra riqueza. Hacer cultura, por lo tanto, tiene que ver en las páginas de Benavides con cultivar la tierra. Esa tierra milenaria llena de memoria, y que el propio Benavides ha explorado en su experiencia de agricultor en la pequeña aún ciudad que ha fundado en el desierto de Ica: Samaca.
A este último punto, la fundación de nuevas ciudades, se dirigen los ensayos de El campo es santo. Creación de nuevos espacios que no se planteen opuestos al campo. En el fondo se trata de una utopía (por ahora, pero podría ser una realidad si todos los peruanos trabajamos en favor de su realización) en el que lo rural es un elemento continuo con la ciudad. Esta nueva ciudad es también un núcleo autónomo desde la perspectiva política, parte de algo así como un Estado mundial.
Los ensayos que contiene esta nueva publicación nos permite ante todo un acto de reflexión. Y al margen de que estemos o no de acuerdo con sus propuestas, este libro nos advierte de la necesaria refundación que desde su mismo nacimiento precisó el Perú. El autor piensa esa refundación desde la filosofía y la poesía. Nos incita a una economía ecológica. Tal vez ya sea tiempo de que los poetas vuelvan a la República.
Si pensamos en los intelectuales de alcance universal que ha dado el Perú, hallaremos muy pocos con la trascendencia y nombradía de un Gustavo Gutiérrez. Su obra, traducida y editada profusamente en todo el orbe, y distinguida, también, a través de importantes premios y reconocimientos académicos es, sin embargo, escasamente conocida entre el gran público peruano. Acaso sólo en los círculos intelectuales, en los pequeños círculos intelectuales del país, ha sido y es estudiada con más o menos profundidad. De lo anterior se sigue la importancia de Gustavo Gutiérrez. Acordarse de los pobres. Textos esenciales.
En efecto, el mayor propósito del volumen es el de hacer accesible, a un público no necesariamente familiarizado con los temas teológicos, sociológicos o historicistas, el pensamiento y los aportes del notable humanista limeño.
Para ello, Andrés Gallego ha reunido una labor intelectual de más de treinta años. La atinada selección nos encamina por la ruta seguida por la reflexión de Gustavo Gutiérrez. Así, el volumen se inicia con el apartado Teología y liberación, sin duda el capítulo más importante, ya que nos sintetiza el que es considerado el mayor aporte de Gustavo Gutiérrez: La Teología de Liberación. Examen y propuesta que suscitó profusas adhesiones y controversias y que, en términos generales, significó una nueva manera de hacer Teología.
Una Teología vista como reflexión crítica sobre la praxis histórica a fin de arribar a una teología liberadora, una teología de la transformación liberadora de la historia de la humanidad
La novedad del concepto teológico que fuera propuesto por Gustavo Gutiérrez podría resumirse, entonces, en una oposición a la manera tradicional, escolástica, y narcisista de hacer teología, para usar, más bien, los instrumentos de las ciencias sociales, a la luz de la fe, en aras de comprender, en una primera instancia, las causas de esa condición inhumana que llamamos pobreza.
Y es que en el fondo y en el centro de la visión del fundador del Instituto Bartolomé de Las Casas está la lúcida convicción de que la liberación prometida por el cristianismo, no es ni puede ser un anuncio visto como algo exclusivamente espiritual, sino que presupone también la liberación y para eso Gutiérrez se apoya en abundantes citas bíblicas de las seculares injusticias materiales. Estas últimas no podrían ser resueltas sino a partir de una profunda reforma de las estructuras políticas y económicas, fundamentalmente de América Latina, espacio que, por serle propio, le ha infundido siempre al filósofo y teólogo una grave preocupación.
Otro capítulo de particular importancia es el denominado Fe, historia y cultura. Allí, Gustavo Gutiérrez establece un inteligente diálogo con la historia, la literatura, y las más variadas manifestaciones artísticas. Son reveladoras, también, las entrevistas ofrecidas por el intelectual e incluidas en el volumen y, por lo demás, la lectura que desarrolla, desde una ética cristiana, de la vida y obra de personajes como Bartolomé de Las Casas, Guamán Poma de Ayala, José Carlos Mariátegui, César Vallejo, José María Arguedas y Juan Gonzalo Rose.
Finalmente, no podían estar ausentes de la reflexión del autor de ¿Dónde dormirán los pobres? los problemas y posibilidades de nuestro país. Creo afirma Gustavo Gutiérrez en ese sentido que, como decía Arguedas, este es un país dislocado. Es decir: fuera de lugar, en ruptura con su mundo natural y con su propia historia ( ) a lo largo de nuestra historia, tenemos la impresión de reunir los elementos necesarios y esto crea muchas ilusiones para ser un país coherente e integrado, y sin embargo, no lo somos, salvo en la imaginación de quienes exaltan un aspecto y lo convierten en un todo.