|
En estos fragmentos del reciente libro de Julio Ortega, Puerta a Sechín (Universidad del Santa, 2005) se juntan narrativa y ensayo de manera fructífera.
Este relato empieza en Sechín ante uno de los muros de piedra de la cultura precolombina de Chavín. En ese muro cubierto por la maleza clara del valle interandino, el tiempo ha borrado al jaguar y la serpiente, dejando sólo sus fauces rotas. En la piedra “horadada”, el relieve rojizo se perfila a trazos y es un signo ahora ilegible, casi una lava balbuceante. Las fauces del jaguar se deducen de las líneas circulares y los dientes aspados cuyo relieve brilla, óseo y bermejo. La boca de la serpiente, en cambio, se abre en la cabeza escamada de ojo fijo. Sus cuerpos parecen rotar, generados por su negra danza. Esa fuerza debe haber sido el inicio de una transformación, y quizá el felino se volvía serpiente. Pero lo que nos queda por adivinar es poco: la línea se ha borrado, y los animales tutelares se hunden en la piedra. Sin embargo, la fuerza del enigma nos interroga. ¿Por qué estas dos fauces perpetúan su abertura? ¿Y por qué este muro se levanta como un espejo frente al sol que lo desnuda? ¿Qué mensaje nos dejaron los hombres de Chavín con su mudez?
No conocemos su lenguaje y sabemos muy poco de sus hábitos. Pero cada uno de sus objetos –ceramios, joyas y templos– quieren decir mucho, pero apenas comprendemos: son fragmentos inconexos de un idioma que hemos perdido. Ese silencio aparece cuajado en piedra abstracta y arcilla cocida. Pocas culturas habían logrado trabajar en forma tan laboriosa con la materia más callada.
Es un grito enmudecido, el fondo del cosmos mismo, se diría, previo a la noción del habla. Hasta los ceramios, negros y leves, parecen fabricados para contener no agua sino silencio.
Nos dan de beber ese silencio, ese polvo del camino extraviado.
En ninguna parte como en Chavín el hombre eligió acallar el mundo, alabarlo como soñado.
Yaután
El pueblo de mis padres está a una hora, lenta y sobresaltada, de Sechín. Por el camino pedregoso, entre la alta maleza cálida, fui de chico varias veces con ellos a visitar a los parientes de Yaután, a los compadres de Huanchuy, a los amigos de Pariacoto, antes de Huaraz. Las paltas grandes y redondas de pulpa cremosa, brillantes como piedra a la vista, y al tacto tiernas, habían hecho la prosperidad de la familia paterna. Años después, una plaga destruyó los paltos (¡toman tanto tiempo en dar fruto!, protestaba mi padre, incrédulo) y el pueblo languideció, abandonado por los más jóvenes. Yo prefería los árboles del mango, solitarios y perfumados, a pesar de los insectos embriagados de miel; y era capaz de distinguir el manzano, el limonero, el naranjo. Mi fruta favorita era el pacae, cuyas pepas de pulpa afelpada son de una dulzura liviana. En los huertos de los tíos y primos había también granadas y uvas; y el mejor árbol para trepar en él: la higuera gigantesca y boscosa, donde nos balanceábamos comiendo higos amarillos y morados, que reventaban entre los dedos.
Los muros de Chavín estaban perdidos entre pedriscales y la vegetación hirsuta. De chico, había enmudecido ante esas paredes donde el calor parecía acumularse. El muro agonizaba bajo el sol, y su dibujo semejaba una herida. Yo sabía que éstas eran las ruinas –como se les llamaba en el pueblo– de los “gentiles;” pero la huella del color, la porosidad del dibujo erosionado, me fueron más intrigantes que el dibujo original, que su explicación histórica. Ese dibujo era una herida, y auscultarla resultaba de una intimidad incómoda. Como si la misma tierra mostrase la cicatriz de su origen. Mi padre, que advirtió mi inquietud, me explicó con detalle la historia escolar de Chavín de Huantar. Más tarde, mi madre me contó que mi padre había poseído una colección de ceramios preincaicos del lugar. Los peones le traían huacos de todas partes, contó ella, y tu papá se los compraba. Nos hemos encontrado este huaco en la sementera, decían los campesinos, en el castellano más dulce de la Sierra peruana, y él les daba unos soles a cambio. Cuando Julio C. Tello, el gran arqueólogo peruano, visitó la zona a fines de los años 30, mi padre lo recibió y guió por las ruinas. En su tratado sobre el área de Chavín, el arqueólogo menciona entre sus informantes al gobernador de Yaután, mi padre. No consigna, en cambio, algo que él me contó: Tello le elogió su colección de ceramios y él lo invitó a escoger la pieza que más le gustase. He visto a mi padre en esta clase de gestos que lo definen, y puedo entender que Tello, abrumado, se excusara; pero mi padre insistió y el arqueólogo aceptó llevarse una. Más tarde, con el mismo desapego, mi padre daría por perdida su colección. Desapareció, dijo, queriendo decir que algunos parientes cargaron con ella cuando él empezó a viajar a la Costa, pero que esa pérdida –como toda otra pérdida después– no lo hacía más pobre sino más solo y, por eso, superior.
Chavín me ha parecido, ya entonces, la forma mayor de toda pérdida. Perdido Chavín, el pasado se hacía irreal. Como si el muro fuese una puerta al vacío, y todo lo perdido se perdiese entre las fauces del jaguar y la serpiente. Quizá entre ellos se devoran y un pájaro implacable se alimenta de ambos.
Éstas bien podrían ser las fauces del sol.
Moro
Trabajar sobre el Perú es remover las ruinas: ha caído la casa, y no sabemos qué hacer con los muros. En mi juventud llegué a creer que el verdadero mapa del Perú era el que trazaban los restos de su antiguo sistema de riego: se podía, en efecto, recorrer el país a través de los canales de irrigación que habían construido los antiguos peruanos arriba de los Andes, entre los valles, y a lo largo de la costa delgada. Esa agua circulatoria y perpetua me asombraba no sólo porque hubiese, entonces, más tierra cultivada que hoy sino porque los trabajos del agua tienen que haber demandado una atención diferente y precisa; superior a la idea de tiempo, que mide a las cosas de otro modo. Esa atención tiene que habernos dado alegría, un pasado hecho entre todos y un futuro abierto por las aguas. Ese mapa está hace mucho en ruinas.
Lima
Pero quizá el verdadero mapa del Perú no era el de sus sitios arqueológicos, una y otra vez saqueados, como si hasta las ruinas hubiesen sido arruinadas; quizá su posible mapa era el de los sucesivos regímenes de la propiedad. En las aulas y los patios de la universidad, de las universidades debía decir (he ahí otra frontera, desbordada desde los márgenes disidentes); los universitarios de mi generación, estudiantes pobres, al comienzo de los años 60, sabíamos con J. C. Mariátegui que la propiedad de la tierra sostenía la división de las clases; y aunque nosotros mismos iríamos a ser una nueva clase media de izquierda anarquizante, beneficiados de la modernización relativa hecha por el desarrollismo liberal y el Estado mediador, también sabíamos, entre Gramsci y J. M. Arguedas, que el heterogéneo universo popular transformaba nuestro entendimiento del país, hecho, como estaba, por distintas nacionalidades; aunque entonces no pudimos prever hasta qué punto la desigualdad resistiría a la diversidad, ahondando el desgarramiento. Tampoco sabíamos que las ciencias sociales, a las que atribuíamos un papel revelador del Perú profundo, iría a servir como la racionalidad modernizante del Estado en contra de los campesinos, convertidos en hijos de la violencia. A la hora de la matanza, los hijos de la universidad nos vimos fuera del fuego.
Creíamos con el padre Gustavo Gutiérrez (mi profesor de filosofía en la Facultad de Letras) que el verdadero cristianismo, el que tiene como sujeto al hombre pobre, convertiría a las clases medias, tan poco mediadoras. Ignorábamos la extraordinaria falta de voluntad moral de las clases dominantes, su latente racismo y feroz cinismo. En los libros de J. R. Ribeyro y A. Bryce Echenique se revelaba la encarnizada naturaleza ideológica y antidemocrática de la vida cotidiana limeña, y la frustración de un sujeto peruano legítimo, hecho en los afectos. Y terminamos viendo el país de M. Vargas Llosa como una pérdida: su vasto aparato narrativo nos condenaba desde un realismo prolijo que trabajaba del lado de lo literal, de la muerte.
Pero hoy sabemos menos: este fin de la parte peruana del mundo nos deja sin historia, entre las ruinas del presente. Hemos perdido en la matanza la vida del otro, esa mitad de la sangre, ese rostro en el espejo. Las víctimas son la última comunidad, exhumadas y renombradas, aunque su verdad exceda a los tribunales. Su identidad vulnerada les da un poder no previsto, una fuerza de demostración, porque sus cuerpos declaran el escándalo de sus vidas y la acusación elocuente de sus muertes. Estas víctimas no estaban previstas en las versiones del país, una vez más lo literal no resultaba ser lo real.
Nos han dejado las cuentas, y se nos va la vida en saldar las pérdidas. Restar de nuestras restas, carecer más en la carencia. Los más con menos, la mayoría en minoría, los muchos que son poco. El despojo ocupa todo el espacio disponible, y disminuye toda noción de bien común futuro. La pobreza crece, des-acumulativamente, en menoscabo, como una economía inversa, que redujese todos los índices. Y también, la posibilidad de seguir leyendo, imaginando, cambiando este mundo entre las manos. Y no hay remedio sino olvido. Como si la historia no fuese a empezar ya nunca, y sólo pudiese ser la crónica elegíaca de una pérdida sin cuento.
Sólo el mito de la propiedad, de su ley de reconversiones, crece. En los últimos tiempos ya no se trata de la tierra –hace mucho perdida–, cuya acumulación se ha fragmentado; sino de la propiedad inmueble, la propiedad financiera, la propiedad del poder global, al que nos debemos en deuda, y que ha convertido al Estado en la guardia armada a las puertas del Mercado. La acumulación ocupa todo el futuro disponible, dando su precio al presente; y no hay otro mundo para cada uno de nosotros sino éste inflacionario, cuyos deudas reorientan nuestras vidas. Pagamos dolor sobre dolor; y somos, sin alivio, la deuda de la pobreza.
¿Cómo resistir, desistir, existir? De jóvenes nos habíamos prometido demasiado: la revolución, la democracia participativa, la comunidad posible, la pareja igualitaria. Pero contra toda disuasión ese otro mapa del país virtual todavía nos despierta con sus voces de plaza pública y sus fiestas del agua y la cosecha. Al volver una calle, a veces, se nos impone la puerta que daría a otra calle.
La trashumancia parece casual, pero en el cruce de caminos los recién llegados se reconocen de lejos. Para el nomadismo, no hay centro en el desierto, no hay un lugar de arribo: sólo vías de acceso, exploración y concurrencia, por donde vamos los que necesitamos oponer a la intemperie otra marca del camino.
Se exceden las rutas, se superponen, entre falsas pistas. ¡A seguir!, nos decimos, empacando, reanimados por la ligera exaltación del viaje. Cada quien tiene su parte de camino que señalizar. En las abras del nuevo siglo, los caminantes se apresuran. Pequeños puntos de referencia del país disperso: gentes apostadas en lo suyo, en su puerta a los cuatro vientos.
Las veces del fracaso y las voces de la espera se suceden. Los recursos son pocos, las demandas muchas. Pero al menos este mapa está por hacerse.
Julio Ortega
Docente de la Universidad de Brown (Estados Unidos). Sechín
|