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La ficcionalización de nuestra historia y, por ende, de las identidades peruanas es una tarea pendiente en la agenda literaria nacional. Para muchos escritores, las condiciones ya están dadas para iniciar una revisión de nuestro largo pasado desde el punto de vista literario.
La mesa sobre narrativa histórica del primer Congreso Internacional de Narrativa Peruana (1980-2005), realizado en Madrid, estuvo integrada por José Antonio Bravo, Mario Suárez Simich, Enrique Rosas Paravicino y Sandro Bossio. Como era de esperar, con las referencias del tema arrancó Fernando Iwasaki, el moderador, quien le dio, además, el toque de buen humor para que la relación entre expositores y público no fuese rígidamente académico. La preocupación central fue el estado actual y las perspectivas de este subgénero, al extraer su materia prima en algún punto episódico de la historiografía nacional, que bien puede ser el incario, la colonia o el primer siglo del período republicano. Cada ponente sustentó lo suyo con el debido rigor y la amenidad que se exige para tratar este asunto de aristas complicadas.
Al final de todo –del diálogo con el público, de las precisiones obligadas y de los aplausos de cierre–, las preguntas quedaron flotando en el aire: ¿por qué un país como el Perú, de tan rica densidad histórica, no tiene un suficiente caudal de novelas y cuentos que recreen ese resbaladizo ayer? ¿Es que el pasado peruano carece de atractivo como para embarcarse en una buena aventura literaria? En efecto, si retrotraemos a vuelo de pájaro a los narradores emblemáticos del siglo XX (Alegría, Arguedas, Vargas Llosa, Scorza y Bryce Echenique, entre otros), constataremos que la historia del Perú, como tema de ficción narrativa, estuvo ajena a sus preocupaciones. Vargas Llosa noveló la rebelión religiosa de Canudos y la dictadura de Trujillo de Santo Domingo, pero ¿por qué no le interesa, dado el caso, el tema del Santo Oficio limeño o la sublevación de Túpac Amaru, de los que también existe una copiosa documentación?
Otros países de América Latina sí registran este subgénero como parte importante de su patrimonio literario. En México, según Mario Suárez, la producción de narrativa histórica es veinte veces más que la hecha en el Perú, dato que guarda proporción, en cierta medida, con la publicación de trabajos de historiadores sobre los períodos cruciales que tienen relación con nuestra formación como naciones. De lo que se deduce que la novela histórica se nutre de textos historiográficos, además de los de etnología y otros afines. No obstante, más cerca de aquí, Venezuela presenta un desarrollo mucho mayor de la ficcionalización de su historia. Autores como Enrique Bernardo Núñez, Arturo Uslar Pietri, Miguel Otero Silva, Francisco Herrera Luque, Denzil Romero y Luis Britto García, entre otros tantos, han apuntalado una rica tradición literaria, a la par que sus libros fortalecen el llamado relato épico fundacional venezolano.
¿En el caso de Perú? Tal vez sea reiterativo decir, pero estamos en proceso de construir nuestra textualidad ficcional-histórica a la medida de nuestro pasado. Aquí el ayer se extiende hasta más atrás de la conquista española (¿20 mil años de historia social andina?) y el pasado aparece lleno de grietas y traumas que requieren hasta el concurso del psicoanálisis. A ello se suma la heterogeneidad cultural, con una gama de identidades regionales y locales que exigen el aporte de la antropología. Lo que a la postre implicaría la aparición de una vigorosa tendencia que amplíe y enriquezca nuestra comprensión de la historia, además de que consolide una estética literaria y un imaginario nacional más raigal y optimista.
En este proceso de construcción hay nombres con aportes concretos. Novelistas y cuentistas peruanos magníficos que han ido tejiendo lo suyo a partir del material historiográfico último. Varias de sus publicaciones están en las librerías, algunas inclusive premiadas en concursos. De todas ellas, sólo quisiera rescatar la novela Sol de los soles, de Luis Enrique Tord, como evidencia de los alcances que puede tener un trabajo de largo aliento, escrito con pasión y tesón. Este libro reconstruye un período cruento de la colonia, cual es la suma de sucesos que se dan alrededor de 1572, año en que el virrey Toledo acomete la campaña de destrucción de la última monarquía inca de Vilcabamba. Alrededor de esa gesta se entrecruzan acontecimientos diversos que la destreza del novelista los va yuxtaponiendo, con imaginación audaz, conforme a lo establecido por el canon.
Sin embargo, aparte de estos esfuerzos solitarios, el proyecto colectivo está aún por construirse. Las condiciones hoy están dadas, en el Perú, para el fortalecimiento de esta tendencia narrativa. Coincido así con el crítico brasileño Miguel R. Esteves cuando manifiesta que la novela histórica es “(...) una relectura crítica de la historia, distorsionándola o negándola conscientemente mediante el uso de anacronismos, exageraciones u omisiones. No obstante valerse minuciosamente del uso de textos históricos, el novelista los trabaja de forma paródica o carnavalizada, acercando dialógicamente varios puntos de vista y dejando al lector la última palabra”. De ese modo, también “el guante está lanzado”, en términos de Mario Suárez, el artífice del congreso de Madrid.
Enrique Rosas Paravicino
Narrador. Profesor de la Universidad
San Antonio Abad del Cusco
Narrativa histórica 1980-2005
Cuando el pasado nos alcance
Los cuentos y novelas de los últimos 25 años, inspirados en hechos históricos, aún cuentan con un campo versátil basado en los 5 mil años de historia de la cultura peruana.
Narrador. Organizador del primer Congreso de Narrativa Peruana en Madrid.
Con las publicaciones de Oro de Pachacamac, de Luis Enrique Tord (1985), y Cuando la gloria agoniza, de José Antonio Bravo (1989), se retoma en el sistema literario peruano el discurso narrativo histórico. Preferimos usar el término “narrativa histórica”, y no “novela histórica”, ya que dentro de la primera podemos incluir toda la variedad de textos de este subgénero publicados desde mediados de la década de 1980: historia novelada, ensayo novelado, novela histórica y todo aquel texto cuyo discurso narrativo use la historia como materia de ficción.
La diferencia que entre ellos hacen los críticos, en un nivel de análisis, se basa en el grado de ficcionalización que el autor/narrador da a su discurso narrativo. En la historia novelada, la verdad histórica está por encima de la ficción y sucede todo lo contrario en la novela histórica, donde lo importante es la verdad poética (verosimilitud).
Si bien la narrativa histórica en el Perú no resulta ajena al resurgimiento mundial de este subgénero, el hecho de volver a aparecer hace unos 25 años tiene factores singulares ligados a nuestro proceso social, político y cultural. En palabras de Kurt Spang: “(...) No cabe duda de que las vivencias, sobre todo en épocas de crisis y conmoción general, constituyen un poderoso estímulo tanto de reflexión histórica en general como de creación de obras literarias que tematizan esta crisis; y no solamente de novelas históricas, sino también dramas y otros géneros.” Son, pues, la larga crisis que se inicia en los años ochenta y la conmoción producida por la larvada guerra civil, entre otros factores, los que han servido de impulso para aparición de una nueva narrativa plasmada en diferentes tendencias, entre ellas la histórica.
En el caso de ésta, han influido también otros factores. A principios de la década de 1950, con la publicación de los primeros trabajos de los etnohistoriadores se inicia una revolución en la concepción de la historia prehispánica y en su forma de escribirla. Años después, a finales de los años ochenta, el hallazgo de la tumba del Señor de Sipán y recientemente el descubrimiento de la ciudad sagrada de Caral plantean nuevos interrogantes y cuestionamientos a la concepción de nuestra historia. Con este último descubrimiento, por ejemplo, caemos en la cuenta de que tenemos detrás 5 mil años de historia, dos mil más de lo que creíamos, teniendo como referencia las manos cruzadas de Kotosh.
De esos 5 mil años, apenas conocemos unos cuantos siglos y existen aún enormes vacíos en el nivel historiográfico elemental. Como ha sucedido desde que historia y narrativa eran todavía indiferenciables, y lo son sólo a partir del siglo XIX, algunos escritores han recurrido a la historia para construir un discurso narrativo e intentar relacionar el pasado con el presente dentro de una dimensión ideológica que puede ser la predominante o no. Esto ha producido que tanto textos como discursos sean disímiles entre sí y que sea necesario una visión amplia, desde la crítica literaria –cuando hablamos de ficción, la historia pasa a un segundo plano– para entenderla y analizarla en su conjunto, ya que los condicionamientos que la hacen reaparecer son los mismos.
Mirada actual
Desde nuestro punto de vista existen dos características que engloban a una parte muy significativa de la producción narrativa histórica publicada desde los años ochenta.
La primera sería la elección predominante de los siglos XVI y XVII; por extensión, los siglos que abarcan lo que conocemos como Conquista y Colonia. Destacan entre ellos los textos que ficcionan sobre el cerco del Cusco, los incas rebeldes de Vilcabamba y el movimiento del Taqui Onqoy. Tord en Sol de soles, Massa Murazzi en La piedra y en El último día de Francisco Pizarro, Álvaro Vargas Llosa en La mestiza de Pizarro, algunos cuentos de Señores destos reynos de Nieto Degregori, Yo me perdono de Fietta Jarque o El paraíso del arcángel San Miguel de Suárez Simich, entre otros, y desde diferentes perspectivas, confluyen en ese momento de nuestra historia.
Resulta curioso que nadie haya ficcionado sobre el día de noviembre de 1532, cuando Atahualpa cayera preso en manos de Pizarro y su hueste. Esto y lo anterior nos llevan a apuntar que elegir estos hechos es un intento de búsqueda de respuestas a dos preguntas: ¿por qué fracasó el levantamiento de Manco Inca estando tan cerca de la victoria?, y ¿en qué momento los mestizos dejamos de ser el producto genético y cultural de los universos indio y español para ser simplemente peruanos? La segunda se da en otro plano y obedece a circunstancias diferentes. Muchos de los textos antes mencionados –a los que habría que agregar La quimera y el éxtasis de José Antonio Bravo, El llanto en las tinieblas de Sandro Bossio o Malambo de Lucía Charún-Illescas–. En estos textos, al margen de su línea argumental, los hechos históricos escogidos o la posición de sus autores/narradores frente al discurso histórico como tal coinciden en una característica que vuelve a englobarlos: el diseño de sus personajes y su enfrentamiento a los hechos del universo ficcionado.
Los personajes principales, en estos textos, gozan/sufren de una doble marginalidad o de una “metamarginalidad” y desde ella el autor/narrador nos da la visión del mundo/pasado, la cual es extrapolable a una visión del mundo/presente
En La piedra, Cusi Rípac es un yanacona que tiene como oficio el arte de la cantería. Como yanacona –sirviente no quechua– tiene una visión y unas expectativas diferentes en el conflicto que enfrenta a quechuas y españoles durante el cerco del Cusco. A la vez, su condición de cantero (“artista de la piedra”) lo diferencia de la visión de los otros yanaconas como él. En El llanto en las tinieblas, Balmes sufre de una deformación que lo hace repulsivo y lo convierte en un ser marginal; es además músico y “letrado”. Sus inclinaciones intelectuales lo llevan a un conocimiento de su realidad y una toma de conciencia que lo pone en conflicto con las autoridades inquisitoriales. En Malambo, Tomasón es un esclavo negro que observa y sufre la realidad y sus conflictos sociales desde “el otro lado del río Rímac”. Pero su visión es modificada/plasmada en su obra como pintor; su universo artístico es su refugio frente al universo real. Por esto “anda perdido en ensoñaciones”. O en Sol de los soles, Francisco Santángel el intelectual que representa la lucidez constante e inequívoca para dilucidar los más oscuros conflictos del Cusco del virrey Toledo y palabras del autor/narrador: “Santángel, por su condición de judío converso, también pertenecía a un estamento marginado, amenazado con la proscripción.”
Extrapolando el pasado al presente, podemos decir que todos estos personajes representan la posición y el sentimiento de muchos de los artistas/escritores frente a una larvada guerra civil que enfrentaba por un lado a un movimiento insurgente de naturaleza polpotiana y por el otro a unas fuerzas represoras de carácter fascista. Entre ellos, era imposible escoger un bando. Sólo era posible resistir a ambos desde una lucidez que implicaba denunciar el sinsentido de un enfrentamiento brutal y fratricida; aunque ello significara la marginación y la proscripción.
Mario Suárez Simich
Novela e historia
Dicotomías en la mesa
Ficción y veracidad histórica no tienen por qué ser conceptos radicalmente opuestos. En la novela histórica, ambas pueden armonizar si el escritor ha sabido congregar en su escritura métodos y elementos historiográficos presentados en forma artística.
La novela histórica –un género que empieza a ponerse de moda en el Perú al influjo internacional– aprovecha el límite entre la ficción y la historia, un límite cada vez más polémico por cuanto en él se enlazan los cabos de la ciencia histórica y de la literatura; es decir, de la verdad y de la mentira.
Sobre el tema, Valeria Grinberg Pla dice que “la sola comparación de las novelas históricas con los estudios históricos (o los epígonos más o menos recientes de los mismos) nos remiten a una controversia nacida el día en que la historia se hizo literatura, y, por qué no, la literatura historia. He ahí el marco de esta polémica que, por definición, envuelve a la novela y a la historiografía” (1). Nosotros agregamos que el de la novela en razón a que es el género literario al cual está sometida, y el de la historiografía debido a que con ella comparte no sólo tema, sino también objetivo: la escritura de la historia.
A partir de las coincidencias y las divergencias entre la historia y la novela histórica, el análisis discurre por las más diversas rutas para explorar los puntos de confluencia de las dos disciplinas narrativas. Así, los problemas en torno al género planteados son, en primer lugar, el punto de encuentro entre la novela histórica y la ciencia histórica contemporáneas (y las múltiples cuestiones que éste dimana); los recursos que aprovecha el novelista para cubrir los vacíos históricos; y la condición social de los personajes en este tipo de narraciones en el Perú.
Respecto a lo primero, es claro que la novela basada en hechos comprobables, surgida en el siglo XIX, germinó de las entrañas de la metodología positivista de la historia, pero con una característica propia: libertad para recrear los hechos y poca afinidad con los modelos historiográficos. Con ese espectro, es lógico que los teóricos de la historiografía (Hayden White o Jacques Le Goff) nieguen a las obras literarias históricas como fuentes científicas para el conocimiento de la historia, aunque resulta intolerante que piensen que, por su condición fictiva, la novela histórica no entrañe información, ambientación y testimonios sociales y generacionales fidedignos. En otras palabras: la novela histórica no está escrita para servir como fuente histórica, sino para ser utilizada como fuente testimonial de un pasado recreado sobre la base de la historia.
Por otro lado, y ya en el plano estrictamente literario, cae en la obsolescencia la percepción de que la novela histórica, por los temas que aborda, incurre siempre en un esquematismo técnico y estructural. Esto porque la novela histórica no ha sido ajena a la evolución de las técnicas literarias: no es de extrañar que así como la escasa ficción histórica peruana del siglo XIX se inscribe por sus procedimientos narrativos en el realismo y el costumbrismo, las obras históricas actuales se agreguen a las tendencias novelísticas contemporáneas. Vale decir que los relatos actuales de este género no apelan a la retórica, ni a la grandilocuencia ni se cobijan ya en los conocimientos de la novelística de otra época, sino que utilizan recursos narrativos acordes a la época y a las necesidades expresivas (sobre todo las referidas a técnicas narrativas innovadoras, como los monólogos interiores, la multiplicidad de puntos de vista, o la reflexión metatextual del proceso de escritura e intertextualidad). Como ejemplo, y sólo tomando en cuenta sus novelas históricas, sirven el estilo realista monoperceptivo de Walter Scott en el pasado y el estilo moderno multiperceptivo de Mario Vargas Llosa en la actualidad.
En relación con el segundo tema, circunscrito en la licitud de los métodos que el novelista emplea para cubrir los vacíos históricos, debemos partir marcando la diferencia entre la historia y la literatura. Adolfo Cisneros nos ilustra: “Sabemos bien que lo que escribe el historiador es comprobable en la realidad y se supone legitimado en lo real, mientras que existe la otra versión, la literaria, que no necesita ser sometida a un riguroso examen de criterios de verdad extratextuales” (2). Alberto Julián Pérez explora esta misma hipótesis con otras palabras: “Si la historia es lo que es, o lo que fue, la literatura es lo que no es, es ficción, y trata de lograr por medio del juego de las palabras que lo que no es, sea” (3).
Tomando en cuenta estas razones, inferimos que el novelista no está en la obligación de regirse por una severidad histórico-cronológica, pues su objetivo no es científico, sino, sobre todo, estético (descontando lo social), y dispone de toda la potestad de “reinventar” la historia. No obstante, es claro que la creación de esa falsa realidad histórica se debe basar en un minucioso estudio del pasado, haciendo uso de las mismas fuentes y ciencias alternas que el historiador para que el resultado revierta solidez y verosimilitud. Por medio de un procedimiento diferente (recrear la historia sin documentación histórica), algunos autores europeos, por ejemplo, cometen descomunales desbarros al “inventar” para sus novelas un imperio incaico alfabeto, lleno de vacas y mujeres rubias, y ejércitos con armas occidentales, todo lo cual obra a favor de la originalidad del libro, aunque en contra de la persuasión literaria.
Los personajes de la novela histórica –al igual que la ambientación social y arquitectónica de épocas pasadas– son otras cuestiones que llaman a la reflexión. Resulta curioso, pero los actuantes de las novelas históricas peruanas, casi en su totalidad, han sido recreados bajo dos peculiaridades comunes: carencia de identidad y marginalidad social. Nuestra literatura histórica última privilegia, así, a actores entregados al arte y a la erudición; seres que, por letrados o artesanos, se convierten en figuras representativas de los conflictos novelescos históricos.
En resumen, podemos afirmar que la novela histórica peruana, habiendo evolucionado al mismo ritmo que las tecnologías literarias y habiéndose servido de ellas igual que cualquier otra especie narrativa, se enlaza con la historiografía en el empleo de fuentes y métodos de investigación; rutina imprescindible para conseguir la esencia persuasiva de la obra.
Sandro Bossio
Novelista, autor de El llanto en las tinieblas.
Entre evadidos y telúricos
La polémica entre escritores de temáticas andina y urbana o ‘criolla’ como algunos han querido ver es recogida en el siguiente artículo. Una versión de este texto circula también en Internet, en la revista de cultura andina Ciberayllu.
Mario Vargas Llosa inauguró el Congreso de Madrid con el pie en alto. No había razón para resucitar su vieja tesis contra la narrativa “telúrica”; sin embargo, con alevosía, esgrimió el manido argumento. ¿Qué pretendía sino poner el parche antes que apareciera la llaga que sigue ardiendo en la literatura peruana? Sabía por anticipado que sus epígonos no iban a estar solos y que los seguidores de José María Arguedas les disputaban el escenario. Alguien dijo: “Vargas Llosa no quiso decir eso, sino que se refería a la polémica de los 50”. Pregunto: ¿por qué ahora?
La narrativa peruana es atractiva, a escala mundial, justamente por su riqueza de matices y variedad temática. El desarrollo de una corriente no invalida la otra, excepto en circunstancias de monopolización de los medios de difusión. Bien dijo Mariátegui: “El desarrollo de la corriente indigenista no amenaza ni paraliza el de otros elementos vitales de nuestra literatura. El indigenismo no aspira indudablemente a acaparar la escena literaria. No excluye ni estorba otros impulsos ni otras manifestaciones”. Difícilmente se puede demostrar que la narrativa andina tiene constituida una “argolla” sin contar con medios de comunicación que den cuenta de ella. La otra narrativa lo posee todo, pero no en función de su mayor calidad literaria. Si se trata de cuantificar grados de calidad, la novela y el cuento andinos quedan en buena posición, tanto como algunas obras urbanas a las cuales no regateamos méritos.
El mejor saldo del Congreso de Madrid lo constituye el haber mostrado a los críticos y estudiosos españoles que nuestra literatura cuenta con una prolífica gama de matices. También se demostró que la narrativa peruana no está representada por una sola manifestación y quizá éste sea el origen de la irritación que exhiben los mal llamados “criollos”. Digamos que los hemos obligado a escribir irritantes artículos con nuestra sola presencia en un escenario que consideraban propio.
Sugerir que los escritores andinos alcancen el éxito con las mismas fórmulas que Dina Páucar o Chacalón, es trivializar el debate. Sería lo mismo que invitar a los narradores “evadidos” a que triunfen imitando a Michael Jackson. Está demás decir que la buena literatura nunca alcanzará los niveles de masificación de la buena música.
La cantante Dina Páucar ha logrado un éxito sorprendente, incluso en la pantalla chica. Pero paralelamente en la televisión suele ridiculizarse a la mujer andina mediante un personaje patético: la paisana Jacinta. Antes tuvo otra competidora: la chola Chabuca. Ambas caricaturizaciones de la mujer del Ande tienen un común denominador: hombres vestidos de mujer que parodian los peores aspectos de un fenómeno complejo. Tras de ello se encubre la esencia de un conflicto intercultural e interétnico, resuelto siempre a favor de la cultura hegemónica. Y la literatura no ha podido sustraerse a los rigores de este fenómeno discriminatorio.
La discriminación en unos es inconsciente y en otros, deliberada: cuando se desarrolló el panel de narradores andinos, los “criollos” brillaron por su ausencia. Sea o no intencional, constituyó un desaire a quienes consideran ajenos. Máxime si luego escriben artículos sobre el Congreso de Madrid los que se ausentaron de él en reiteradas ocasiones.
El debate se puede entender desde otro punto de vista. Los andinos no gozan de reconocimiento justo en la prensa local, puesto que sus gacetilleros privilegian una sola expresión de la narrativa peruana. Quienes lean las páginas culturales de los principales medios, se llevarán la falsa impresión de que en el Perú desapareció la temática andina. En distintas ponencias pudimos percibir un reclamo por mayor objetividad en el periodismo cultural y eso no constituye afán de figuración, como expresó en su discurso de cierre el novelista Miguel Gutiérrez.
¿Frente unitario andino?
Decir que la literatura marginada carece de méritos artísticos o que no ha pulimentado la forma, es absurdo. Reiterar que la envidia carcome a quienes no obtienen publicidad, es cómico. Los narradores andinos han convencido a jurados de concursos nacionales e internacionales. También han alcanzado cifras de venta que harían sonrojar a sus detractores. Ésos no son argumentos serios para una polémica que bien los merece. Si se trata de hípica literaria, los narradores “cosmopolitas” del Perú deberían prosternarse ante el éxito comercial de Harry Potter o de El código Da Vinci. La narrativa andina ha conseguido en dos décadas un lugar privilegiado que necesita confirmarse en el terreno de la crítica y consolidarse alrededor de elementales ejes solidarios, como la unidad conceptual y la unidad de acción. Por ejemplo, antes del Congreso de Madrid, debatíamos en casa de Mario Suárez acerca de un concepto por definir: qué es lo andino. José Antonio Bravo sometió a los invitados a resolver la ecuación y llegamos a la conclusión de que hacía falta un nuevo encuentro de narradores andinos.
La unidad de acción es importante. Algunos andinos oriundos discriminan también a quienes no lo son, a pesar de que sus obras testimonien la problemática social del Ande. No pocos han divorciado la reivindicación social del quehacer narrativo, pretendiendo que la concesión se convierta en ventaja para incorporarse a la cultura hegemónica. Sin embargo, ni aun con sutilezas alcanzan el reconocimiento anhelado. Vale recordar la fábula de Esopo acerca de la lechuza que, pintándose de blanco, quiso incorporarse al mundo del palomar, pero cuando fue descubierta por las palomas, éstas la botaron a picotazos. Luego, tampoco las lechuzas quisieron aceptar a la impostora que fingió ser paloma. La actitud de algunos andinos en el Congreso de Madrid, quienes no demostraron suficiente irritación ante las provocaciones de los “criollos”, evidencia este vano intento de “aggiornarse”. La prueba más fehaciente está en la ausencia de respuestas en blanco y negro, desde la publicación de Vargas Llosa La utopía arcaica hasta los actuales artículos de “criollos” que se están quedando sin contestar.
Escapando por las calles madrileñas de una ebriedad prevista, escuché el lamento de un escritor cusqueño: “A los andinos nos defienden Ricardo Vírhuez, de Iquitos y Dante Castro del Callao. ¡Y nosotros no decimos nada!”. Alguien afirmará que sí se opuso a las provocaciones “criollas”, pero su actitud fue como la de quien susurra una queja.
Sin unidad conceptual, doctrinaria o programática, será difícil hablar de literatura andina en el siglo XXI. Cuando se pretende definir la polémica entre andinos y criollos, nos preguntamos: ¿qué tienen en común Felipe Pinglo, quien compuso y cantó para la clase trabajadora, y el Fernando Ampuero de Miraflores melody?... Y a quienes conspiran contra lo andino, indagamos: ¿No son andinos quienes le han dado personalidad a Lima, como Chabuca Granda y Ricardo Palma, ambos nacidos en Andahuaylas?
Dante Castro
Narrador. Obtuvo el premio Casa
de las Américas por su libro de cuentos
Tierra de pishtacos.
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