Edición N° 88
04 de Julio, 2005
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Lecturas

Hablando de narrativa peruana
Garcilaso, el fundador

Este año se conmemoran también los cuatro siglos de la publicación de La Florida del Inca, relato histórico en clave literaria. Señalar la importancia de Garcilaso en la fundación de la literatura peruana es un paso fundamental para comprender cómo esta literatura se desarrolló en todo ese tiempo.

 
 

Los intensos días de fines de mayo vividos en Madrid durante el Primer Encuentro Internacional de Narrativa Peruana (1980-2005) no fueron históricos solamente por la paradójica inmediatez y simultánea trascendencia del evento, sino también por el espacio que se otorgó a la breve mirada hacia el pasado nacional dentro de un sinnúmero de perspectivas presentistas.
La pregunta lógica era: ¿de dónde viene este fenómeno llamado narrativa peruana? ¿Se reduce a los procesos de modernización que encuentran en la novela su mejor expresión, por la polifonía que el género supone, su consumo relativamente amplio de mercado, su éxito internacional? ¿Es la narrativa peruana una mercancía exportable en función de su específica marca local (sea andina, criollo-costeña o amazónica) o por su dominio de las técnicas literarias más al gusto de los lectores boreales?


Cada una de estas preguntas, sin duda, merece una respuesta cuidadosa, abarcadora de las sutiles e inevitables relaciones que la producción cultural en general guarda no sólo con otras formas artísticas y discursivas que la preceden o que cohabitan con ella, sino con las diferentes instancias del quehacer político, étnico y social que intervienen en el amplio acto comunicativo que en última instancia es toda forma de escritura literaria. Y esto sin mencionar el universo de las oralidades populares, tanto en español como en lenguas indígenas, que constituye por sí mismo un corpus de mayor alcance histórico que el de la narrativa escrita.
El año 2005 no sólo marca cinco lustros desde el inicio de esa década determinante en la historia peruana, la del ochenta (coincidencia que dio origen al congreso de Madrid), sino también los cuatrocientos de la publicación de la primera parte del Quijote, hecho que tanto en España como en las academias hispanófilas del mundo ha ocasionado congresos de todo calibre. A la vez, y mucho más modestamente celebrado, este año 2005 es también el cuatricentenario de la publicación de La Florida del Inca, el primer libro con firma propia que el cusqueño Inca Garcilaso de la Vega diera a luz en las prensas lisboetas del flamenco Pedro de Craasbeck, luego de su traducción de los Diálogos de amor en 1590.


Los cuatrocientos años de La Florida fueron recordados como “el otro cuarto centenario” dentro del Encuentro de Narrativa Peruana. La lucidez de los organizadores (los escritores peruanos Mario Suárez Simich y Jorge Eduardo Benavides, y su aliada española María Ángeles Vázquez) permitió que se abriera una ventana a la reflexión sobre ese lejano fundador de las letras peruanas que es el Inca Garcilaso. Asimismo, la Embajada del Perú en Madrid, a través de su consejero, Augusto Elmore, propiciaron la organización de una mesa especial para celebrar el cuatricentenario peruano, paralelamente al cierre del encuentro, el viernes 27 de mayo.
La impresionante sala Miguel de Cervantes de la Casa de América fue el escenario idóneo para la celebración. En esa mesa nos tocó el honor a Christian Fernández, de la Universidad de Louisiana, y al que estas líneas escribe, de exponer los resultados de recientes investigaciones en torno a la figura del Inca Garcilaso y a la importancia de La Florida del Inca dentro del conjunto de la obra del mestizo peruano.


Sólo mencionaré que Christian Fernández desarrolló algunos de sus argumentos sobre el cambio de nombre del Inca Garcilaso (quien, como se recordará, fue originalmente bautizado por su padre como Gómez Suárez de Figueroa) a partir de la idea de que la admiración por el gran poeta toledano Garcilaso de la Vega (tío abuelo del cusqueño) no parece haber sido el motivo principal de la transformación onomástica. En efecto, la larga genealogía de la familia de los Lasso de la Vega y de los Vargas cuenta con numerosos héroes de la reconquista contra los moros que bien podían haber servido como modelos identitarios y caballerescos del futuro historiador mestizo en la década de 1560, tras su llegada a España.


Comparaciones históricas
Por mi lado, desarrollé la idea de la función estructural que La Florida del Inca cumple en el conjunto de la obra garcilasiana, apoyándome en los pasajes relativos a la exaltación de determinadas figuras conquistadoras. De manera especial, el Inca Garcilaso eleva a alturas de heroísmo épico a Hernando de Soto, de cuya expedición trata la obra. Más aún, en el libro quinto de La Florida, De Soto es comparado con el rey godo Alarico, y Garcilaso no escatima elogios y homenajes al conquistador español tras su muerte en el curso de la narración. De Soto fue enterrado, como su lejano predecesor Alarico, en el lecho de un río. Esta comparación le sirve al Inca para deslizar la idea de los conquistadores como fundadores de una genealogía real que legitimaría las aspiraciones de sus descendientes en el Nuevo Mundo. Tal será, al menos, una de la propuestas centrales a lo largo de la posterior Historia general del Perú, que trata específicamente de la conquista de los incas y que nos sirve para analizar en todas sus dimensiones políticas y no únicamente las “indigenistas” el conjunto de los Comentarios reales.
Pero más allá de los detalles relacionados con las ponencias de Christian Fernández y mía, es necesario enfatizar la relación entre el Inca Garcilaso y la narrativa peruana actual. Esta relación se hace clara si recordamos los mecanismos narrativos de la historiografía de la época, imbuidos de una alta conciencia retórica y un claro afán persuasivo. “La retórica es el alma de la historia”, decía fray Jerónimo Román y Zamora.


Garcilaso nunca estuvo en el territorio de la Florida ni conoció a Hernando de Soto (de hecho, nació apenas tres años antes de la muerte del conquistador). ¿Cómo contar de manera verosímil algo que escapaba de la experiencia del autor y del lector, y que los enfrentaba a una realidad que, por su extremosidad, podría parecer producto de la imaginación?
La estudiosa española Carmen de Mora ya ha trazado algunas de las líneas básicas que distinguen el relato historiográfico del relato de ficción durante el Renacimiento tardío. Principalmente, hay que recordar que la intención edificante, pero, sobre todo, la finalidad persuasiva de una verdad trascendente, como la providencial, constituyen el eje del discurso historiográfico. Esto no impide, sin embargo, el empleo de recursos estilísticos y organizativos que hoy llamaríamos propiamente “literarios”. De ahí que La Florida resulte hoy un texto de tan agradable lectura. Bastaría recordar la elocuencia de los parlamentos, las transfiguraciones poéticas, los lances caballerescos, que revelan una maestría narrativa muy superior a la de cualquier otro cronista de la época.
Sin embargo, no quiero detenerme en un terreno que ya ha sido suficientemente desbrozado por los especialistas. Aquí quiero subrayar la forma en que el empleo de tales recursos de estilo y de esa armazón retórica se articula con la construcción de una subjetividad novedosa en el conjunto de las letras castellanas y de los nuevos grupos sociales surgidos de la conquista.

Construcción de una narrativa
Ya en los Comentarios, más que un historiador en el sentido moderno, o que un novelista, el Inca Garcilaso es un gran narrador capaz de recoger el saber oral de sus familiares incaicos y su propia experiencia cusqueña para tejer uno de los tramados narrativos más complejos, propiamente americanos y entretenidos de su tiempo y el nuestro. El construir esa identidad a través de un modelo expresivo y una lengua importados, haciéndolos propios, es un gesto que no se ha dejado de repetir desde entonces en el Perú. Más bien, se ha convertido en una práctica consagratoria dominante. Y, sin duda, desde entonces el Inca tuvo sus criollos (Calancha, Peralta y otros) que lo aprovecharon para sus propios fines. Pero tanto los criollos como los mestizos son hoy parte indudable de la misma historia, que no es otra que la historia de las letras peruanas, con todas las contradicciones que desde el siglo XVI el gentilicio supone. ¿Habrá cambiado tanto nuestra “ciudad letrada”?

José Antonio Mazzotti
Poeta y docente de la Universidad de Harvard

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